Archivo diario: junio 29, 2009

Un siglo de canciones 24: “El Arriero” (por Mª Carmen Martín)

29 de junio de 2009

Ay

Sea cual sea la latitud en donde se vive, idéntica es la manera en que el hombre, experimenta la soledad, el silencio, el susurro del agua.

El Arriero” (Atahualpa Yupanqui)

En las arenas bailan los remolinos,
el sol juega en el brillo del pedregal,
y prendido a la magia de los caminos,
el arriero va, el arriero va.

Es bandera de niebla su poncho al viento,
lo saludan las flautas del pajonal,
y animando la tropa par esos cerros,
el arriero va, el arriero va.

Las penas y las vaquitas
se van par la misma senda.
Las penas son de nosotros,
las vaquitas son ajenas.

Un degüello de soles muestra la tarde,
se han dormido las luces del pedregal,
y animando la tropa, dale que dale,
el arriero va, el arriero va.

Amalaya la noche traiga un recuerdo
que haga menos peso mi soledad.
Como sombra en la sombra por esos cerros,
el arriero va, el arriero va.

¿Qué tiene esta canción que me ha hecho volver a la música?

Cuando era una adolescente, Atahualpa Yupanqui, estaba en boca de nuestros hermanos mayores (cuando todavía se ocultaba ser rojo). Recuerdo la tristeza que me producían canciones como “Te recuerdo Amanda” (Victor Jara) o “Duerme, duerme negrito”. Seguramente que en esa época también escuché “El arriero” por primera vez.

En esos años de mi vida, me gustaban cantautores como Serrat, Paco Ibáñez, Pablo Guerrero, Silvio Rodríguez  y  grupos como Jarcha. Sentía que escuchando  sus canciones percibía una realidad reivindicativa social, a la vez que en sus letras se profundizaba en los sentimientos mas hermosos de los seres humanos.

He encontrado esta biografía de Héctor Roberto Chavero (el nombre real de Atahualpa Yupanqui) que seguramente os aportara parte del sentir y ser de este gran hombre.

Pasaron los años,  me dejé llevar por la rutina del día a día, por los múltiples quehaceres de mujer trabajadora y vida familiar, la música se convirtió en un ruido agradable y alguna canción tatareada. Aún teniendo en casa a una persona que ama la música, no compartía con el esa pasión.

Y todo volvió otra vez de pronto con la canción “El arriero” y un cantante: Andrés Calamaro. Acompañaba a  una persona muy especial a un concierto en Madrid, con motivo de su gira “Tinta Roja”. Pensaba que como era una música tranquila, no sería del todo aburrido. Me dejé llevar por las letras y una voz que me cautivó.

Cuando interpretó “El arriero”, sin saber por qué, pensé en mi infancia, en los labradores y en las penas que sufrieron las familias arrendadas y en mi propia familia. Imaginé a mis padres, cuando eran jóvenes y tenían que hacer parte del trabajo del campo sin máquinas. Ellas con sus vestidos negros, con sus sombreros, tapadas completamente del sol (las jóvenes bronceadas no eran atractivas) y agachadas, espigando, con el estomago vacío y  el corazón lleno de tristeza.

A partir de esa canción, algo en mi cerebro pulsó el interruptor de la luz musical. La canción que siguió en el repertorio fue “Estadio Azteca”, definitivamente ya no era una bombilla la que se iluminó, era el sol mismo lo que me deslumbró.

Existen dos grandes coincidencias con estas canciones. La primera, los autores son argentinos, la segunda, en palabras que no son mías, las dos son parte de  “La banda sonora de  mi infancia “ (Fernando Tejero, dice de Sabina que ha escrito “La banda sonora de su vida”).

Después de ese concierto, quise conocer más la obra de Andrés Calamaro,  descubrí a Los Rodríguez  y no puedo nombrar a tantos y tantos grupos que desde entonces he ido incorporando a mi gusto musical. Ya no oigo música, escucho música, leo lo que se publica acerca de la música, hablo de música, mis días más felices coinciden con la asistencia a un concierto, en definitiva mi ser reacciona ante la música.

Esta canción no es la única de mi vida, sin embargo es el tema que la cambió.

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