Archivo diario: junio 16, 2009

Agravio personal de Berlusconi (por Antonio Gómez)

16 de junio de 2009

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No  hay día que me levante y no tropiece en la prensa con alguna noticia bufa protagonizada por Il Cavaliere. Perdón, rectifico: serían ridículos y bufonescos sus baños de portada de Interviú, sus gestos achulados y sus aficiones canoras si no resultara dramática esa perversión democrática que él representa como nadie: la privatización de la vida política de un país. Al fin, se ha hecho realidad la viejo aspiración de Vito Andolini Corleone: el poder absoluto, por más que elegido en las urnas, en manos de un Lex Lutor con brillantina en unos tiempos en que los supermanes de turno solo sirven para anunciar desodorantes.

Pero dejemos a un lado este tema, aunque dé para libros, porque no es de sus lujosas fiestas de lolitas encandiladas por el oro de la grifería o de los cantos napolitanos del bufón-Consejero Delegado-Presidente de lo que quiero hablar. Ni siquiera de temas de más calado como la perversión de la  justicia o el dominio de los medios de comunicación, que son palabras mayores. No, lo que me ha llamado la atención ha sido un aspecto poco destacado de la negativa de la editorial italiana habitual de José Saramago a publicar su último libro, en el que, por aquello de no faltar a la verdad, se tacha de “delincuente” a Silvio Berlusconi, presidente del consejo de administración de Italia S.L. y, además, propietario, lo sé ahora, de la empresa editora en cuestión.

Hasta aquí nada fuera de lo normal, si lo “normal” es seguir las normas del sistema y adecuarse a sus exigencias. El jefe es el jefe,  y el currito, por muy premio Nobel que sea, o toca a rebato las excelencias del que le paga o se va a la calle. Tonterías las mínimas, por mucho que el Saramago sea un caso excepcional de relación patrón-obrero que se ha saldado con el escritor llevándose su libro a otro editor. Sin embargo, ha habido en esta notica un dato, un nombre, que al leerlo me ha lanzado a un imposible viaje en el tiempo y me ha helado la sangre. Lo he sentido como un verdadero agravio personal de Berlusconi, y por el clamó venganza a los dioses de la razón electoral italiana. La editorial que ha censurado a Saramago lleva el histórico y respetabilísimo nombre de Einaudi. ¿Os dais cuenta? EINAUDI.

Para llegar al momento en que tuve mi primer contacto con ese nombre hay que montarse en la vieja máquina de H.G. y retrotraerse hasta 1966 o 1967, más o menos. La fecha exacta da igual. Imaginaos la escena: Es sábado, por ejemplo, y un grupo de jóvenes que pertenecen al Club de Amigos de la Unesco de Madrid (su sede aún podéis vitarla en Tirso de Molina 8, merece la pena) realizamos una excursión a La Pedriza y viajamos en un viejo autocar alquilado. Podían andar por allí Jorge, Yenia, José María, Lola, Mariano, Gregorio, Julio, El Yeti, Consuelo, Mariano… Entre ellos hay algunos militantes de las juventudes comunistas (yo me podía haber afiliado ya o lo haría en poco tiempo). La mayoría somos chavales y chavalas de entre los 17 años, los que yo tengo, y los 20. Seguramente vamos al nacimiento del Manzanares a disfrutar de una excursión, intentar ligar y, objetivo programado, escuchar entre las piedras en un tocadiscos de pilas, que nadie sino nosotros podrá oír en la soledad del monte, el discurso de Fidel Castro en la II Declaración de la Habana, que no era moco de pavo, porque el comandante, cuando mandaba parar, a parar todo el mundo, pero cuando hablaba, no paraba.

En algún momento del viaje, quizás al pasar por el cuartel de El Goloso, o en Colmenar Viejo, a la altura de una granja de patos que había, alguien, probablemente el cantor del grupo, que a veces era yo, pese a mi reconocida oreja de estropajo, empezó a entonar una canción:

“Ya se fue el verano,

ya llegó el invierno,

dentro de muy poco

caerá el gobierno.”

El coro se añadía fácil, porque era un tema popular conocido: “Que tururú  rurú/ que la culpa la tienes tú”. Y ya seguían cuatro o cinco voces:

“todos los ministros

fueron al entierro

Y Francisco Franco

Delante de ellos…”

La cosa ya estaba lanzada. ¿Qué pensaría el conductor del autobús, alquilado y sin ninguna relación con los viajeros? ¿Igual podía delatarnos? En esos momentos nadie se hacía esa pregunta.

“Curas, militares,

Monjas y accionistas,

Los del Opus Dei

Y también los falangistas…”

Incluso nadie se cortaba con aquella barbaridad que alguien debió escribir en un momento de odio intenso o tremenda borrachera.

“Más de veinte duros

cuesta la ternera,

y que el animal

un hijo de Franco fuera…”

Y todo el autobús corea a voz en grito: “que tururú-rurú, que la culpa la tienes tú”·. O tomando la musiquilla de “Los mozos de Monleón” cantan: “En la plaza de mi pueblo / dijo el jornalero al amo/ nuestro hijo nacerá/ con el puño bien cerrado”, o con la de “Dime dónde vas morena” gritan: “voy a la cárcel de Burgos/ a ver a los comunistas/ que los ha metido presos/ este gobierno fascista”. Eran canciones que alguien había oído y se las había enseñado a los demás, quizás el último ejemplo de transmisión boca-oído de la historia de la música popular española. Nadie conocía al autor, pero luego supe que tenían su historia.

A principios de los años sesenta, Michele L. Straniero y Sergio Liberovici, musicólogos italianos que ya habían creado y producido ese espectáculo seminal de la música italiana que se presentó en el festival de Spoletto y se plasmó en un disco histórico de desnuda belleza titulado Bella Ciao”, viajaron a España con la intención de recopilar las nuevas canciones antifranquistas que estaban surgiendo al hilo de la creciente protesta obrera y universitaria. Algunas encontraron, pero no eran suficientes para llenar un libro, y en contacto con algunos jóvenes poetas de la época (Blas de Otero, José Hierro, Celso Emilio Ferreiro o Celaya, entre otros) decidieron crear las que faltaban. Alguna de ellas, como la que decía “Pueblo de España ponte a cantar/ pueblo que canta no morirá”, sería grabada años después por Adolfo Celdrán ya firmada por el nombre de su autor, el poeta Jesús López Pacheco.

(Interludio musical: escuchad esta versión del “Tururúrurú” que hicieron en su momento Quilapayún. Os puedo jurar que nosotros desafinábamos más, pero a entusiasmo no nos ganaban):

Pensaréis que me he perdido, pero no es así. Sólo he dado un pequeño paseo por un camino vecinal para que veáis una bonita perspectiva y vuelvo a la carretera. Aquellas canciones habían sido publicada en 1963 en Italia bajo el nombre de “Canti de la nuova resistenza spagnola”, al que Fraga Iribarne, a la sazón ministro franquista del ramo, bautizó, en la contrapropaganda que se vieron obligados a hacer ante la extensión de las canciones por toda España, pese a su clandestinidad, como “Libelo de Einaudi”. Porque era precisamente EINAUDI el nombre de la editorial que las había sacado a la luz.

Luego, con el tiempo, supe que aquella editorial, creada en 1933 por Giulio Einaudi –quien hubo de sufrir cárcel y exilio por su antifascismo (¿recordáis esa extraordinaria película que es Una jornada particular”, de Ettore Escola, con la Loren y el Mastroniani en estado de gracia?)–, era la que me permitía leer, porque los habían editado originalmente, los libros de Italo Calvino (que trabajó como empleado de la editorial entre 1947 y 1981), Cesare Pavese, Primo Levi, Elio Vitorini, Dario Fo y buena parte de la mejor literatura italiana de la postguerra y todos los años posteriores. Hasta ahora.

Einaudi fue una editorial de referencia de la izquierda italiana y mundial, una editorial independiente y crítica, foco de disidencias, de heterodoxias y de libertades. Tras una importante crisis en los años 70 y 80 fue a parar a Mondadori, posteriormente parte del imperio berlusconiano.

Yo ahora, al pensar en esa trayectoria, siento que Berlusconi me ha hecho una ofensa personal, un agravio que me afecta en lo más íntimo: ha pervertido mi memoria, la ha traicionado. Y eso no se lo perdono. Si las empresas críticas son compradas por el poder, que a su vez es comprado por un emperador privado ¿De verdad se puede llamar a eso democracia?

(Si queréis reíros un rato, ver y escuchar este burdo y soez vídeo musical. Pero no olvidéis que el cantor no es bufón, es el germen de un dictador)

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