Archivo diario: abril 16, 2009

Spector y la pistola (by Julio Valdeón Blanco)

16 de abril de 2009

«Como un sádico misógino con un historial de tres décadas jugando a la ruleta rusa con las vidas de las mujeres cuando estaba ebrio». Así caló el fiscal a Phil Spector, al que han declarado culpable de asesinato. Lo enchironarán por darle matarile a una actriz con nombre de serie B, Lana Clarkson. Sucedió en su mansión de L.A. Puro James Ellroy. Unos abogados con el riñón blindado trataron de demostrar que la víctima se suicidó, pero la añagaza patrocinada por O.J. Simpson, las mentiras cocinadas por leguleyos con la lengua y la minuta inversamente proporcionales a su sentido de la moralidad, cayeron esta vez con estrépito. El muchacho celeste ha envejecido mal, transformado en muñeco con el alma vacía.

 

Tampoco descubrimos nada. Quien rescatara las tonadas del Tin Pan Alley para transformarlas en sueño wagneriano, ópera adolescente, chicle multicolor con ángel y voces negras, es un psicópata. Pregúntenle a Ronnie Spector. Convivió con el Rey Sol; soportó sus pataletas homicidas de niñato con pistola. Aficionado a las armas, coleccionista de plomo y fusiles, Phil vivía empitonado por los celos. La guapísima Ronnie apenas respiraba, presa en el castillo del brujo, mientras éste masticaba sin éxito la aceptación de que los tiempos eran otros y ya no interesaba. Desde que “River Deep – Mountain High”, la obra maestra cosida para Ike y Tina Turner, fracasara en las listas, creía que una conspiración universal lastraba su destino. No sobrevivió a la aparición del meteoro Dylan ni a la Invasión Británica, cuando melenudos con chupa de cuero, gafas tintadas, flequillo radioactivo, mandaron a tomar por saco a los ruiseñores del Brill Building a base de escribir su propio material.

 

Uno de sus padrinos, el entrañable Doc Pomus, también saboreó sus paranoias. Durante una visita a California, Spector, que conocía a Pomus desde sus días de meritoriaje, ejerció de anfitrión y guía. La velada terminó hasta el culo de vino, con los guardaespaldas del productor siguiendo las veleidades de la caprichosa deidad que pagaba sus sueldos y el fenómeno dándose pisto en el salón de su casa, fanfarroneando con un subfusil. Acostumbrado a patearse los garitos más chungos cuando apenas era un cantante de blues, ex-combatiente de actuaciones que solían terminar a botellazos, organizador de partidas clandestinas a las que acudían reputados mafiosos, el viejo Doc olfateaba el plomo con necesaria antelación. Supo que de apurar la noche terminaría haciendo manitas con los gusanos y escapó a velocidad de crucero.

 

Otro grande, Leonard Cohen, quiso enriquecer sus melodías con la fórmula mágica de Spector. Mala idea. Las sesiones de “Death of a Ladie’s Man” son legendarias por accidentadas. El padrino de Darlene Love y las Crystals acudía al estudio con revólver. Amenazó al poeta con volarle la entrepierna si metía baza. Secuestraba las cintas. Cabalgaba en la psicosis como un tigre. El disco que sacaron, mal recibido, contiene raros logros, una belleza borracha, nacida de la extravagancia, que alumbra memorables trallazos.

 

A Spector le debemos obras resistentes al polvo, que atizan los fantasmas de un tiempo irrecuperable, pero eso no significa que tuviera licencia para cazar gente. Su triste final epitomiza el de aquellos artistas que, dopados por el cuento de la inmortalidad y el culto al triunfador, vieron en su talento una bula papal para pasarse el mundo por su sacrosanto forro. Y va a ser que no.

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