Archivo diario: abril 12, 2009

…Y la carne se hizo verbo 6 (folletín por entregas de Antonio Gómez)

12 de abril de 2009

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seis

último acto, telón y fin

6

Veinte años después de haber escrito aquella primera con­testación a la primera carta que recibió, todavía recordaba Ramiro su contenido palabra por palabra, letra por letra. Y la veía en su memoria así como la había escrito, en forma de guión radiofónico. Habían pasado tantos años y el recuerdo no se había borrado de su mente. Y es que desde aquella primera salida al aire de Ana de España algo le había sucedido a Ramiro Suárez de Montealegre que él nunca supo explicar y que habría de cambiar su vida.

        

Fue como si Ana de España se apoderará de él. “Cosa de transustanciación o algo así“, que explicó un día Ramiro de forma harto blasfema a aquella putilla de doña Carmelita una tarde que andaba demasiado cargado y la putilla no le hizo caso. Aunque también ella escuchara en la radio a Ana de España antes de llegar los primeros clientes y alguna vez le hubiera consultado algún pequeño problema de amores quizá imaginarios.

        

No sucedió de golpe, naturalmente. Esa transustan­cia­ción, o posesión, o embargo de su alma, se fue dando poco a poco, sin que Ramiro se apercibiera hasta mucho después de iniciado aquel viaje sin retorno. Para ser exactos, sólo ahora, mientras escucha en la radio su propia despedida, ha comprendido la inmensidad de esa transformación, la manera sinuosa en que su invención ha terminado por apoderarse de él.

 

CONTROL.- Chopin, nocturno. Ráfaga a PP y B a F.

 

LOCUTORA 2,- Queridas amigas. Queridísimas amigas. Ante todo permitidme en primer lugar que os llame así, queridísimas, pues ¿de qué otra manera puedo referirme a quienes durante tantos años han con­fia­do en mí, en mi torpe palabra y en mi pobre consejo, la solución de sus problemas? ¿Cómo puedo llamar a quienes durante todo este largo tiempo han sido mis amigas, mis confidentes, mis hermanas, mi única vida? Han sido veinte años de amor, en los que sólo he sido una española más, alguien como vosotras, una mujer común que por un azar de la vida tuvo la suerte de poder hablar a sus compatriotas y ofrecerles consuelo, ayuda y luz en este tor­tuoso y complicado camino que es la vida, ha lle­gado también a redimirse por vosotras, a través de vosotras…

 

Ramiro Suárez de Montealegre escucha su despedida después de veinte años. La suya no, pues se trata de la despedida radiofónica de Ana de España. Pero ¿acaso en todo este tiempo no han llegado a ser lo mismo Ana y Ramiro? Es media tarde de un día blando y gris de febrero. Ramiro está sentado en su vieja mecedora frente al aparato de radio. No escucha la voz, que nunca la ha tenido por suya, sino que con los ojos cerrados va siguiendo las palabras que sabe escritas en el guión. La locutora que lee los textos se limita a poner voz de mujer falsa a la mujer auténtica que ha llegado a ser Ana de España. Ha habido muchas confusiones con ese tema, aunque Ramiro nunca haya dicho una palabra sobre ello. En realidad apenas ha hablado del asunto, aparte de aquella vez con la putilla que no le hizo caso y achacó la confidencia a la borrachera y no a su deseo de verdad. En su ser más íntimo, ese al que nadie ha podido acceder en todos estos años, Ramiro ha sentido siempre que Ana de España era él mismo, su verdadero yo, que había aflorado poco a poco y al que ha cuidado con mimo y dedicación.

 

       …¿Cuantas noches no habré permanecido en vela en busca de la solución para alguno de los pro­ble­mas que me consultabais? Porque, queridí­simas amigas, vuestros problemas y vuestras dudas han sido mías durante todos estos años, vuestras alegrías y penas me han acompañado a lo largo de todo este tiempo como si formaran parte de mi propia vida. Y con el mismo empeño que si fueran propias me he dedicado con cariño y comprensión a solucionarlas. Así, he debido enfrentarme a través de vosotras a los complejos y difíciles problemas de la mujer de hoy, a sus angustias y esperanzas, y en ellos me he sentido identificada, sumergiéndome en sus vericuetos y remansos para realizarme yo misma y encontrar mi propio camino a la felicidad.

       Vosotras me habéis hecho participe de aquello que os preocupaba y habéis aceptado mis modestos con­se­jos y mis personales indicaciones con respe­to y cariño. En complemento perfecto, yo he vivido con cada una de voso­tras las pequeñas y grandes peleas de la vida, me he admirado de vuestra fortaleza y he llorado con vuestras debilidades y renuncias. De esa forma, he sentido en carne propia el triunfo de la virtud cuando alguna me ha escrito privadamente para contarme la buena solución de lo que le preocupaba, y de igual manera he sufrido con las decepciones de quienes no han tenido la fortaleza necesaria para afrontar los problemas con entereza y buen tino. De todas he aprendido, y por eso os doy las gracias más sinceras y emocionadas…

 

 

Aunque ya desde la primera vez que puso el nombre de Ana de España al final de uno de los guiones sintió una sensación especial, al principio aquello no fue para Ra­miro sino un trabajo más que no varió su forma habitual de vivir. Sus borracheras siguieron siendo célebres en los bares de Cuatro Caminos y Atocha, de Lavapies y Valle­cas, sus chistes celebrados por amigos y enemigos en bailongos, boites, cabarés, cenadores, ambigús, tugurios y burdeles como siempre lo habían sido. Su atrabiliaria personalidad era motivo de mofa y escarnio y su vida privada desataba la maledicencia de vecinas y conocidos. Pero aquello fue cambiando poco a poco, suavemente, sin que él fuera consciente de la transformación, que, no obstante, le iba calando hasta lo más hondo.

        

Por un lado se fue avejentando. Las canas apa­re­cieron en su barba y se extendieron por ella como un ejercito de invasión bien pertrechado, el peso del cuerpo llegó a ser superior a la resistencia de sus piernas y la potencia de su lujuria acabó por buscar refugio en la imaginación tras ser desterrada del maltratado órgano varonil, que hasta aquel entonces había dirigido su existencia toda. Con una cierta tristeza, pero también con una satisfacción que sin duda provocaba la parte de Ana que ya había en su interior, comprobó este hecho y se avino a vivir con él.

        

Otrosí estaban las cartas. Cartas que cada vez llegaban en mayor abundancia, cartas que un día dejaron de ser anónimas entre la anónima multitud de mujeres espa­ñolas para tener nombres y apellidos y pedirle con­tes­taciones privadas porque el calibre del problema se salía de los estrechos límites que podían tratarse a través de las ondas: aquella muchacha de Córdoba que tenía trato antinatural con su padrastro; aquella esposa y madre de Jaén fugada con un novillero y abandonada con un niño del pecado en sus entrañas tras una tarde triunfal en la plaza de Úbeda; aquella viuda de Sabadell entregada al carnicero de la esquina para poder dar de comer a su nu­me­rosa familia… ¿Cuántos como estos y otros problemas no le habían llevado a sentir que ya no era él, Ramiro Suárez de Montealegre, tarambana, putañero y vividor, quién aconsejaba a las acongojadas remitentes; sino ella, Ana de España, mujer, esposa y madre, serena y comprensiva, sabia y virtuosa, quién escribía una a una las palabras sobre el papel y, lo que es más importante, sobre las conciencias?

        

Pronto se dio cuenta que Ana de España era respetada en la misma proporción en que Ramiro Suárez era rechazado. Comprendió lentamente la importancia de su trabajo. Pero no del suyo, simple escribano mercena­rio, sino del de Ana de España, afortunada e inaprensible consejera. Y sin apercibirse, dejó de ser quién fue. Aban­donó poco a poco las viejas costumbres libertinas y las antiguas amistades dejaron de verle por los sitios que antaño frecuentara a menudo. Se quedaba en casa, escuchaba la radio, leía las cartas que le enviaban y las contestaba con tal dedicación que se olvidaba de sí mismo y no existía otro mundo para él.

        

Al principio, los conocidos se extrañaron de no encontrarle en los lugares habituales y preguntaron por él, pero poco a poco le fueron olvidando, hasta que Ramiro Suárez de Montealegre no fue otra cosa que un carnet de identidad y una paga a fin de mes. Olvidados quedaron en el pozo de un tiempo más apresurado el voluminoso físico y la risotada aguda y estridente.

 

       …Ha pasado ya tanto tiempo que también yo he ido envejeciendo y he de retirarme y dejaros. Vivimos tiempos modernos, nuevas costumbres, distintas formas de vivir. Tantas cosas diferen­tes que acosan con sus peligros la integridad de la mujer española, la unidad de la familia, la felicidad de los niños, que no puedo por menos que sentirme entristecida de que ya nunca más volvamos a estar en contacto. Pero también estoy contenta, porque sé que ahora, como a lo largo de todos estos años, no va a venceros la debilidad ni la mentira. Porque la virtud no está en las ondas de la radio, sino en el interior más pro­fun­do de cada una. Y si bien es verdad que estas “conversaciones de mujer a mujer” ya llegan a su fin, también lo es que nuestra amistad, porque de amistad se trata, es ahora tan profunda que ni vosotras ni yo vamos a olvi­dar­la nunca. Tantas y tantas palabras como hemos compar­tido alrededor del eterno y difícil tema de la vida humana han quedado marcadas de manera indeleble en mí y estoy segura que también en vosotras. Con eso me doy por satisfecha. Espero que no olvidéis a esta Ana de España, que tampoco os olvidará y que con vosotras y por vosotras ha aprendido a ser mujer.   

 

 

Suena la sintonía por última vez, una sonata de Chopin que durante veinte años ha abierto cada día, de lunes a viernes, “Conversa­ciones de mujer a mujer“, el consul­torio sentimental de Ana de España en las ondas de la Cadena de Radio­di­fusión Española. Ramiro apaga el aparato y se queda me­ditando un momento. El pequeño cuarto atestado de pa­pe­les, cintas magnetofónicas, perió­dicos y libros, tirados por cualquier sitio o archivados en los enormes armarios que ocupan la pared, se hace pequeño de repente.

        

Ramiro siente que nunca ha participado en ninguna guerra, ni siquiera como testigo, que nunca ha estado a punto de casarse con una joven llamada Purita y tampoco recuerda que nunca haya ido a ninguna casa de lenocinio, ni que haya robado, estafado, mentido o engañado nunca, ni que se haya emborrachado jamás ni que jamás haya fornicado o practicado la gula o la pereza. Y se siente feliz como nunca se ha sentido.

        

Levanta su enorme cuerpo de la mecedora en la que habitualmente descansa, una mecedora vieja y desfon­dada que amenaza con romperse a cada movimiento que hace sobre ella. Se acerca al aparador, abre uno de los cajones y saca de él una pequeña caja de plata hábilmente trabajada por un orfebre toledano. La abre. Extrae una tableta blanca que como recuerdo le había regalado en otra vida Eric Von Austelbrok, quien fuera mayor de las SS y sabe Dios dónde habrá acabado. Llena un vaso de agua en el fregadero y se dirige a la cama des­he­cha de la pequeña habitación que le sirve de dormi­torio.

        

Cuando se ha tendido en el lecho salta sobre su vientre Santa María, la última de las gatas que le queda viva de las tres que han compartido su retiro durante tantos años. Le acaricia la cabeza. La gata ronronea y entrecierra los ojos. Con la mano que le queda libre se coloca la pastilla en el paladar, saborea un segundo su amargura y luego la traga acompañándose de un largo sorbo de agua. Reposa la cabeza sobre la almohada y continúa acariciando a la gata.

        

Ahora se sabe limpio y libre. El verbo se hizo carne y habitó en Ramiro Suárez de Montealegre. La carne se hizo verbo y parió a Ana de España. Como una transus­tan­ciación o como quién sabe qué, pero al fin el hombre intuye que ya no tiene que buscar más, ni preocuparse más, ni sufrir más. Cierra los ojos y la mano fofa abandona a la gata y resbala suave­mente sobre el vientre hasta posarse en la sábana. El animal abre los ojos y con una de sus patas araña suavemente el rostro de Ramiro reclamando la caricia inconclusa.  

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El Prologo 

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