Archivo diario: abril 8, 2009

…Y la carne se hizo verbo 2 (folletín por entregas de Antonio Gómez)

8 de abril de 2009

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arriba el telón

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Por una cruel casualidad del destino, el 18 de julio de 1936 pilló a nuestro héroe durmiendo y en Madrid.

        

De resultas de una historia pasional con una joven del barrio de Cuatro Caminos se encontraba Ramiro en el inesperado tránsito de pasar a engrosar las estadísticas de la paternidad, idea que no hacía feliz al joven. Porque, en general, no era el matrimonio una institución que le resultara atractiva –a base de rechazos se había vuelto reticente y aquello amenazaba boda–, y también porque el casamiento con la moza, loza­na y fresca, cierto, pero analfabeta y de humilde condición, le resultaba inimaginable.

        

Para acallar a la muchacha, y conseguir al tiempo que acudiera a una partera medio bruja que podía deshacer con un poco de perejil y una aguja de hacer calceta el mal fruto de su pasión –y también para evadir de esa manera la ira del padre de la chica, un tranviario de cuerpo menguado pero crecida mala leche, que podía caer sobre él en forma de hachazo en la cabeza a poco que se descuidara el galán y el tranviario se apercibiera del embarazo de su vástaga–, se encontraba Ramiro en Ma­drid cuando hubiera debido estar en otra parte. En Sevilla, por ejemplo, que también allí tenía Ramiro una jovencita medio gitana que le sorbía el seso y el bolsillo en un burdel de la calle de las Tres Cruces. O en Sala­manca, que aunque ningún lío hubiera tenido jamás en tan docta ciudad castellana, al menos allí su seguridad no hubiera peligrado.

        

Pero no fue ese el caso. Desde una ventana del cuarto piso de una casa de la calle Bailén hubo de asistir Ramiro al temible espectáculo de las turbas sanguinarias asaltando el Cuartel de la Montaña. Y a decir verdad, pocas ganas le vinieron de bajar a unirse a la resistencia, acto heroico que, si bien hubiera cuadrado con el alto sentido del honor que profesaba, le hubiera resultado ciertamente pernicioso para la supervivencia. Y eso era algo que Ramiro tuvo claro desde el mismo momento en que el sonido del primer disparo le pilló en la cocina desayu­nando chocolate con picatostes: sobrevivir o morir, tal era el dilema. Y sobrevivió.

        

Tras pasar por la buhardilla de un anciano matrimo­nio de merceros que conocía por vía familiar; un prostíbulo famoso del que hubo de escapar por la ventana una mañana que los milicianos de la CNT decidieron cerrar el vergonzoso comercio y redimir a sus dependien­tas; la habitación de la criada de un compañero de universidad, que aunque rojo era compasivo; y el sótano de una carnicería propiedad de un paisano del pueblo, al fin consiguió Ramiro escapar de Madrid una bochornosa madrugada de agosto.

        

Enfundado en un mono azul que parecía iba a estallar por cada costura, con barba de tres días y una mugrienta boina descansando en precario equilibrio sobre su descomunal cabeza, como negro halo de santo a punto de cometer pecado mortal, se metió en un Hispano Suiza con las siglas UHP pintadas en el techo. La hora era tan temprana que aún no habían pasado las burras de leche, pues incluso en aquellos agitados primeros días de la guerra seguían tan nobles bestias anunciando con su rebuzno que el amanecer llegaba a la ciudad, como ha­cían en el campo los gallos con su armonioso canto.

        

Conducido el coche por un antiguo sacristán, y en compañía de dos curas de la Iglesia de la Almudena, a los que la tonsura de la nuca denunciaba el oficio, y de un rentista timorato y amariconado, que no dejaba de comprobar con la mano que la barba le había crecido lo suficiente como para parecer un obrero en armas, se pasó Ramiro en el Alto de los Leones a las huestes sublevadas sin sufrir mayores males que una diarrea, que aún habría de atormentarle sin compasión los primeros días de residencia en territorio libe­rado.

        

Recibido en Burgos como un héroe por sus corre­li­gionarios, no hemos de relatar ahora los actos, ho­menajes, cenas, saraos y festejos a los que hubo de asistir –con sumo gusto, señalémoslo– el recién evadido del terror rojo. Pero si bien los agasajos fueron numerosos y las felicitaciones sinceras, la verdad es que duraron poco: justo hasta que arribó a la reciente capital del Nuevo Impe­­rio un nuevo tránsfuga con suerte, que eclipsó con su hazaña la oronda y verborreica figura de Ramiro.

        

No obstante, no le costó encontrar acomodo al hom­bre, pues en hombre hecho y derecho, aunque esférico, se había convertido ya el mofletudo niño que antaño jugara a pirata y bandolero por los páramos de Guadala­jara. Amigos de tiempos anteriores buscaron a nuestro héroe destino acorde con sus facultades. La tinta de los periódicos y las voces de los locutores llevaron hasta los últimos rincones de España la siempre fecunda palabra de Ramiro Suárez de Montealegre, comentarista político, panfletista egregio y vate huracanado y sin par.

        

¿Has leído la columna de Ramiro Suárez?, se pre­gun­taban los reclutas en la peluquería del campamen­to antes de que la maquinilla del peluquero mondara al uno su patriótica cabeza. “¿Qué ha dicho hoy don Ramiro en su Charla desde las trincheras?“, inquiría el ama de casa a su vecina tras haberse perdido la alocución radiofónica del inspirado charlista por cul­pa de un niño con varicela al que había estado atendiendo toda la mañana. “¡Qué inspiración y gracejo tiene este hombre! Recuérdame que esta noche le lleve a Carmen el periódico“, aseguran que comento una vez el mismísimo Caudillo a su ayudante de campo tras leer unos ripios en los que el inmenso vate arremetía contra Alberti, Berga­mín, Machado, Hernán­dez, Prados, Cernuda, Altolaguirre y otros poeticastros comunistoides y maso­nes.

        

Y es que no tenía rival nuestro personaje en los insultos rimados ni en las inflamadas proclamas que diariamente daba a las ondas y a las páginas de los periódicos desde su monacal habitación en un antiguo convento de Burgos.

        

Alférez Provisional desde tan sólo unas horas des­pués de haber puesto pie en la capital de la Nueva España, supo pese a ello nuestro Ramiro nadar y guardar la ropa en el mar revuelto de la guerra. Un mar en el que el rum­bo era la batalla y el puerto la muerte.

        

Enchufado en el Servicio de Información Militar gracias a las buenas artes de ami­gos y correligionarios, sorteó Ramiro con singular pericia no sólo los escollos del alistamiento directo, sino también los muchos arrecifes de la política interna y el enfrenta­mien­to palaciego, que tan incómodos y confusos le resul­taban. Con igual pasión se enfrentó en las ondas a la barba­rie roja como defendió el decreto de unificación de falange y justificó la caída en desgracia de Ramiro Ledesma, su tocayo y, hasta ese mismo momento del tropezón, amigo.

        

Su verbo le salvó de ir al frente, lugar horrible en donde morían con igual dolor los bravos y los cobardes. Y ese mismo verbo le trajo honores, reconocimiento y fama, aunque a punto estuvo esa fácil relación que Ramiro mantenía con las palabras de ser su ruina y con­de­narle a morir heroicamente por la patria. Todo por un desliz de faldas que, en realidad, no había sido otra cosa que una forma de sortear el aburrimiento de una ciudad en la que misas y adoraciones, novenas y rosarios, eran las máximas diversiones.                          

 

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