Archivo diario: abril 7, 2009

…Y la carne se hizo verbo 1 (folletín por entregas de Antonio Gómez)

7 de abril de 2009

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entretenimiento entre bambalinas

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El padre de Ramiro Suárez de Montealegre había sido bautizado con el buen nombre de Leandro, y aparte de otras aventuras sin mayor relevancia ni interés que acontecieron en su vida, llegó a sargento chusquero en la guerra de Cuba.

        

Retornó el hombre de aquella batalla con un brazo menos, una condecoración de latón dorado, y el eterno agradecimiento de la familia del capitán don Ramiro de Montealegre Jiménez, abuelo por rama materna de nuestro protagonista, al que salvó de la muerte en una emboscada de un grupo de guajiros –aunque no pudiera impedir su posterior fallecimiento victima de una fiebres palúdicas que le enterraron en quince días– y con cuya hija, Teresita, habría de casarse Leandro al poco de volver de las colonias, cumpliendo así el último deseo del héroe, expresado por carta a su familia. Casamiento que fue ampliamente comentado por la buena sociedad en general y considerado un braguetazo de antología por la solda­desca, buenos conocedores del sargento salvador y del sal­vado capitán, pese a lo que a nadie se le ocurrió invitarles a la boda.

        

De tal linaje habría de nacer tal hijo: Ramirín. Llamado así, que duda cabe, en recuerdo del malogrado militar, padre de la madre y abuelo del nieto, al que hu­biera conocido, y del que hubiera disfrutado –“pobreci­llo, con lo orgulloso que hubiera estado el capitán“, lamentaba de vez en cuando su inconsolable viuda–, de no ser por el mentado paludismo que le condujera a la muerte en la lejana colonia sin que su futuro y póstumo yerno pudiera hacer nada esta vez para evitarlo.

        

Gordinflón, malcriado, chapucero, glotón y mentiro­so, Ramirín consumió su infancia en el vetusto caserón que la familia materna tenía en un poblacho de Guadala­jara. Espectador atónito de los frecuentes soponcios de su madre cada vez que su padre realizaba uno de sus continuos viajes a Madrid para “resolver unos asuntos“, y some­tido a la férrea dictadura de un ama bigotuda y fe­roz, que ponía los almohadillados glúteos del chiquillo al rojo vivo al menor signo de rebeldía, desobediencia o des­cui­do, quienes le conocieron en aquellos años ya ha­cían lenguas de la rareza del muchacho y del futuro incierto y desafortunado que sin duda le aguardaba.

        

Se hizo mayor el niño. Consiguió al fin que le llamaran Ramiro. Fue a la universidad. Y como se vivían tiempos de revuelta social y de intranquilidad genera­lizada, y los obreros paseaban por las calles orgullosos de sus monos azules como si fueran chaqués, y los sables de los guardias daban unos redobles que partían el alma, y en verano hacía calor y a Ramiro no le hacían caso las chicas, un día del estío del año 33, en el que lucía un sol que rompía las piedras, acudió al Teatro de la Comedia a escuchar hablar a José Antonio Primo de Rivera.

        

Escuchando el verbo acalorado del Jefe, Ramiro sintió nacer en su interior un no menos acalorado orgullo de no sabía muy bien qué. Fue un orgullo repentino y profundo que le recorrió entero, como el latigazo del electroshock que le habían dado de adolescente, cuando se subió a lo alto del campanario del pueblo y se exhibió frente a la concu­rrencia a misa de doce tal y como si acabara de llegar al mundo y luego fue llevado al médico de la cabeza y dijeron que loco no, pero que algo raro si era el chico. Aquel encuentro le produjo un estre­mecimiento del alma que no podía explicar, que nunca pudo, pero que le confirió una extraña sensación de poder que tan bien cuadraba a su natural ambicioso y díscolo.

        

Al día siguiente fue a una sastrería y se encargó un juego de tres camisas azules, en las que una costurera que frecuentaba su madre bordó con mano segura y concien­cia intranquila, pues presumía la remendona de acrisolada militante del sindicato de la aguja de la UGT, un yugo y unas flechas de restallante oro.

        

Era Ramiro por aquellas fechas un joven en edad de merecer, aunque sus merecimientos resultaran poco visibles a los ojos de las jóvenes decentes que conocía, aquellas que estaban naturalmente destinadas a formar familia fecunda y duradera con alguien de su nombre y posición.

        

Siempre achacó el joven a la natural cerrazón de las mujeres los motivos del contumaz rechazo que sus pro­puestas amorosas obtenían, sin caer en la cuenta de que aquel despego de las jovencitas casaderas tal vez tuviera que ver, más que con moralidad femenina alguna, con el aumento visible de su circunferencia, que le había hecho pasar sin solución de conti­nui­­dad de adolescente rechoncho a adulto irremediable­mente gordo. Tampoco relacionó Ramiro ese desaire continuo en que vivía con el cada vez más aflautado tono de su voz, que salía de su enorme corpachón como el fino silbido de un globo pinchado con un alfiler, aunque, a dife­ren­cia del globo, el volumen físico de Ramiro no se redujera ni un milímetro con la expulsión del aire.

        

No amilanaron al muchacho los fracasos; y ya que las decentes no le hacían caso, el joven, que desde niño era de condición fogosa y talante imaginativo y calentu­riento, decidió, por consejo de un vecino zanquilargo y rijoso, hijo de un alabardero de palacio viudo, iniciarse en el amor en brazos mercenarios. Brazos de mujeres poco o nada decentes, es cierto, pero en las que descubrió una antigua sabiduría que le deslumbró y con las que habría de com­par­tir cama y jolgorio durante el resto de su poco edifi­cante vida.

        

Ese trance del conocimiento carnal a que nos refe­ri­mos tuvo lugar entre los lúbricos brazos de una avejen­tada meretriz que sentaba sus reales allá por el pue­blo de Fuencarral antes de que Ramiro se hiciera falan­gista; que resulta preciso ajustar el orden cronológico del relato si queremos entender luego cuanto de extraordi­nario ha de sucederle todavía a nuestro protagonista.

        

Eso del primer coito fue antes incluso de la muerte de Leandro, el antiguo sargento de Cuba, fallecido de manera inesperada una noche de 1932, cuando se encontraba en pleno trance de consumir placentera coyunda con una furcia de altos vuelos, a la que visitaba en su bombonera roja de Santa Engracia 28. Sólo uno más de aquellos supuestos negocios que tan a menudo llevaban a Madrid al progenitor de Ramiro.

        

Como fuera que los negocios de Leandro –que pese a sus muchos esfuerzos nunca consiguió el don, y eso le dolía más que ninguna otra cosa a su hijo– eran más con cupletistas y cantaoras, vedettes y pelandruscas, que le esquilmaban y empobrecían, que con fabricantes, tende­ros o bolsistas, que le hubieran dado fama y fortuna, la muerte del padre significó, a más de la orfandad, la ruina del hijo. Sólo gracias a los buenos oficios y dineros de su tía Visitación, hermana de su madre y casi una madre para él, estuvo a punto de finalizar los estudios de Derecho, que había iniciado dos años antes del óbito paterno sin mayor entusiasmo ni esfuerzo que los precisos para recibir mensualmente la renta familiar, que le permi­tía residir en la capital entre juergas y francachelas.

        

Y decimos que estuvo a punto de finalizar los estu­dios porque nunca llegó a hacerlo. El yugo y las flechas se interpusieron en medio de su carrera, y lo que estaba previsto había de ser un abogado penalista de tímida verborrea, se convirtió, en este primer estadio de su vida en que nos encontramos, en un propagador entusiasta y constante de la fe recién adquirida.

        

Así, quien nunca había levantado una voz por encima de otra, desató imparable la fuerza torrencial de su palabra. Primero habló en las aulas, luego en los claus­tros y en los estrados, en las plazas de los pueblos y en los patios de los conventos. Habló y habló hasta convertir su verbo en un acerado instrumento de pro­vocación o en un sinuoso vehículo de convicción, según conviniera al caso y al momento. Pese a ello, sus discur­sos nunca alcanzaban el objetivo deseado. Sus palabras eran acertadas e incluso inspiradas, su gesto justo, su ritmo impecable y su dicción perfecta, pero no le acom­pañaban ni el físico ni la voz: su cara fiera daba miedo a los niños, su cuerpo redondeado hacía reír a las mujeres, y su fina voz, que insistía en mantenerse siempre en las notas más agudas, movía a la rechifla y la maledicencia entre los hombres, pese al abundante mostacho que se había dejado crecer como prueba palpable de su, por otra parte, indudable hombría.

        

Ante tal realidad se vio obligado a prescindir de la erótica de las tribunas, a la que había resultado especial­mente sensible, como lo constata aquella vez que mojó los pantalones en el momento culminante de un mitin celebrado en Cuenca, la provincia por la que José Anto­nio había salido diputado en el 33 y en la que siempre tuvo nuestro tribuno auditorio fiel y entregado.

        

Como era hombre práctico, abandonó pronto Ramiro la oratoria y decidió encerrar su verbo en los márgenes más estrechos, pero igualmente precisos, de la palabra im­presa. Escribió proclamas, redactó artículos, confec­cio­nó panfletos, realizó llamamientos e ideó consignas. Sus servicios a la causa fueron muchos y variados, al­gunos no tan sencillos –y desde luego no tan limpios– como darle a la pluma o a la lengua, siendo recompen­sado por ello con un futuro esplendoroso, al frente de algún gobierno civil cuando triunfara la idea, y un presente más bien mísero y desordenado.

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