Archivo diario: abril 5, 2009

Cueva del Jazz (by Julio Valdeón Blanco)

5 de abril de 2009

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Cuando me preguntan por un club de jazz en Manhattan lo hacen como si les fuera a administrar un artículo de fe. La Gran Manzana toma su nombre de los buscavidas con trompeta, faraones del piano, que encontraban allí las mejores peonadas. En Midtown, en la calle de los clubs, Billie Holiday se lió a hostias con dos marines que quemaron su abrigo de astracán. Charlie Parker buscaba el diezmo del caballo y ponía en almoneda su saxo. Thelonious Monk ensayaba la revolución en casa, haciendo tiempo hasta que le devolvieran la licencia para tocar. En un motel destartalado Lester Young, libre de toda esperanza, soñaba los solos más tristes, mientras la Pringosa lo comía por los bajos. Fueron días aciagos y mágicos, en los que abundaron los milagros, cuando los poetas beats y la bohemia dorada compartían vértigo y heroína con los genios que pusieron patas arriba los aparadores de América, cambiándole el pulso. Enfrentado a los renovadores, aunque menos belicoso, Louis Armstrong reposaba en Queens su penúltimo atracón de conciertos. Rodeado de niños, comía helado y planeaba su viaje a África.

 

Los turistas, los amantes del jazz, los buscadores de emociones, viajan a Nueva York como si desembarcaran en Lourdes. Tienen que enfrentarse a los traficantes de emociones, a los contrabandistas de un pasado glorioso que está muerto, enterrado en la cripta de los museos, desempolvado con pedagogía y mimo en los documentales de la PBS.

 

A día de hoy no diré que en Manhattan no hay buen jazz porque mentiría, pero exagero si niego que el noventa por ciento de los músicos siguen calzando las botas de siete suelas de John Coltrane; sería deshonesto si pensara que hay otros Miles, otros Gillepsies, y no los grandes virtuosos, divulgadores y eruditos, pero no revolucionarios, que tanto abundan. Claro que disponemos de templos donde cenar solomillo mientras te arrullan las fieras. Iridium, Blue Note, Village Vanguard, Smoke, etc., son nombres ineludibles. Si encuentras mesa a pesar de la nube de japoneses, y llevas la cartera repleta, disfrutarás de una gran noche.

 

Ahora, en el trance de colocarme una daga en la yugular, obligado a elegir un solo club, olvidaría la aristocracia con camareras hipernice, cócteles de doce pavos, programas repletos de luminarias, y diría el St. Nicks, un local cutre, perdido en las fastuosas y pelín chungas calles de St. Nicholas Avenue, en Sugar Hill, Harlem. No se dejen asustar por los cuatro camellos ni por la herrumbre que carcome las fastuosas fachadas. Entren en esa cueva mal iluminada, en la que los lunes, a partir de las once, el incomparable Melvin Jones, al mando de su Harlem Jazz Machine, comanda a cuantos músicos quieran acompañarlo (muchos, recién llegados de sus conciertos en los garitos ya citados). La jam-session se prolonga hasta pasadas las tres. En verano, entre solo y solo, sal al patio y bebe una cerveza jamaicana acunado por nubes de ganja, mientras el mural de James Brown enluce los colores nocturnos y sus dientes aceitados de plata te dan la bendición. Con suerte incluso aparecerá el mismísimo Marsalis, a marcarse unos temas. Los sábados, la noche de música africana te volará los sesos.

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No me gusta ir de listo, presumir de conocimientos de los que carezco, pero háganme caso, pasen de la jauría, abandonen la seguridad del Village, manden a paseo al guía y díganle al taxista que los suba a Harlem, al St. Nicks, la 149 con St. Nicholas Ave. Y flipen.

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