Archivo diario: abril 1, 2009

Puerto de Alicante, la última esperanza: 29 de marzo/1 de abril de 1939 (por Antonio Gómez)

1 de abril de 2009

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“Hoy, desarmado y cautivo el ejercito rojo, nuestras tropas victoriosas han alcanzado sus últimos objetivos. La guerra ha terminado”. Burgos, 1º de Abril de 1939.

Tras la ocupación de Catalunya por las tropas facciosas en febrero de 1939 y el golpe interno de Casado el 5 de marzo la suerte de la República estaba echada. La consiguiente caída de Madrid el 28 de marzo y de las ciudades que aún quedaban en manos del Gobierno legal (Ciudad Real, Jaén, Cuenca o Albacete), numerosos huidos fueron accediendo en masa a Alicante, en cuyo puerto, el único todavía en poder de La República, esperaban poder encontrar barcos en los que, aún a costa del exilio, pudieran escapar de la represión que sin duda se avecinaba.

El último que logró zarpar fue el Stanbrook, que salió del puerto el 28 de marzo con 2.638 pasajeros. En el muelle quedaron alrededor de 40.000 personas, soldados, cargos de La República, sindicalistas y militantes políticos, pero también numerosos ancianos, mujeres y niños que aún confiaban en la llegada de la nave salvadora. En su lugar, el día 30 vieron desfilar ante ellos a las tropas fascistas italianas mandadas por el general Gamboa que terminaron con todas sus esperanzas.

Es una historia que conozco bien. Mi padre estuvo allí y era aficionado a hablar de su vida. “¿Esto te lo he contado ya?”, preguntaba retórico en sus últimos años cuando se disponía a endilgarte por centésima vez cualquier aventura pasada. “Sí, padre, varias veces”. Se quedaba pensativo, soltaba un “bueno…” y seguía impertérrito con lo que andaba contando. Una de las veces le puse delante un magnetofón. Lo que sigue es la transcripción de sus vivencias. Mi mejor herencia familiar.

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Los barcos llegaron después de comer. Al principio creíamos que eran franceses y que nos llevarían a Orán, pero me asomé a la orilla del muelle y vi que venían de Valencia. No jodas, decían algunos compañeros cuando les expliqué que eran fachas. Pero a la hora o así vimos que pasaban desfilando por delante de nosotros cantando una canción italiana.

Desembarcaron, se hicieron cargo del puerto de Alicante y nos obligaron a formar a todo el mundo. Nos pusieron en fila y un soldado nacional me pidió el maletín que había llevado durante toda la guerra; le contesté que si ellos eran también ladrones y me lo quedé. Todavía lo conservo. Desde allí nos llevaron al Campo de los Almendros, que le llamaban, cerca de la ciudad. Estuvimos en él dos o tres noches y luego nos trasladaron a la plaza de toros. Lo primero que vimos al entrar en ella fue al cura. Se me cayó el alma a los pies.

Un sargento con gafas, alto y delgado, que estaba acompañado por cuatro o cinco franquistas, se encargaba de hacer la selección. A mi me mandó al patio de caballos, que es donde parece ser que metían a los que creían que habían sido mandos del ejército republicano. Aunque no dije a nadie que había sido comisario, se debieron oler algo, porque era un poco mayor que los demás, ya tenía treinta años, y además vestía un traje de cuero y llevaba el maletín.

fotogomenzmarin1En aquel patio de caballos debíamos ser unos trescientos. Lo primero que hicieron fue registrarnos, y vi que a los compañeros de delante les quitaban todas las cosas de valor que pudiera llevar. Como no quería darles ese gusto, tiré al suelo el reloj y la pluma que llevaba desde el principio de la guerra y los pisoteé. En el maletín guardaba una manta, que nos serviría después para taparnos durante las noches. Los primeros días no nos dieron nada de comer. Lesmes, un compañero que había estado conmigo en tanques, consiguió pasar al patio de caballos – él estaba con los soldados, en otro patio – y me preguntó que cómo andábamos de comida. Nada de nada, le contesté, y entonces él me pidió que estuviese preparado, que me iban a traer algo para comer. Se marchó y al poco rato volvió con un trozo de jamón envuelto en un trapo, que quitaron a unos que les habían llevado un buen paquete de su pueblo, que estaba cerca. A Lesmes le seguí tratando cuando salí de la cárcel, en un bar que tenía cerca del Rastro; por cierto, que fue uno de los testigos que luego me permitió cobrar la pensión que me dieron muerto Franco por haber sido comisario durante la guerra.

 

Aquel jamón nos vino muy bien y nos permitió comer durante unos días; a mí y a los dos compañeros con los que lo compartí, porque no podía repartirlo entre todos los que estábamos allí, ya que no hubiéramos tocado a nada. Eran un anarquista valenciano, Eliseo Martínez, y un capitán socialista extremeño, del que no me acuerdo el nombre. Nos hicimos con una lata y por las noches, escondidos debajo de la manta, cortábamos un trozo con el filo y nos lo comíamos.

Un día se corrió la voz de que nos querían sacar a todos, meternos en un barco y tirarnos al mar, pero no lo hicieron. A los pocos días nos trasladaron a la cárcel de Alicante, que es donde fusilaron a José Antonio, y allí nos tuvieron un mes entero dándonos de comer un chusco para cinco o seis y dos sardinas en lata. Eso para todo el día. Un par de días antes de trasladarnos al fuerte de San Fernando nos pusieron lentejas, que hacía un montón de tiempo que no catábamos, y a todos les entraron unas diarreas tremendas, que hasta se lo hacían allí, en medio de la nave. A mi no me hicieron daño, aunque después estuve cerca de quince días sin hacer de vientre. Por esas fechas un oficial viejo me quitó la manta en una formación.

En aquella cárcel estuvimos bastante tiempo. El militar que mandaba era un teniente coronel del Tercio, Pimentel creo que se llamaba. El día que le relevaron del mando nos echó un discurso: Cuando me hice cargo de vosotros creí que me hacía cargo del detritus de España y ahora me voy convencido de que aquí dejo lo mejor de España, nos dijo.

A los legionarios les relevó el regimiento de infantería de San Quintín, que nos trataron todavía peor y nos daban una comida aún más mala y escasa. Como no teníamos duchas ni nada nos llenamos de miseria. Dormíamos vestidos, porque a la intemperie no podíamos desnudarnos. Al ver que había tanta miseria trajeron una cisterna con una ducha y pudimos lavarnos un poco, pero sólo eso y con un frío del demonio.

gomezyamigosfoto2Después de San Juan del año 39 nos trasladaron al castillo de Santa Bárbara, en el mismo Alicante, donde estábamos en tiendas de campaña y la familia podía ir a vernos. Escribí entonces a mi madre, que me mandó un mono, una camisa y un pantalón de pana, y con eso ya pude cambiarme de ropa. A mi no iba a visitarme nadie, porque mi madre estaba en Madrid y mis hermanas y hermanos no podían, pero a Eliseo Martínez, que era valenciano, le visitaba su mujer. El 23 de diciembre comunicó con nosotros y nos dijo que al día siguiente nos iba a traer un buen paquete, para que al menos la nochebuena comiéramos bien. Pero el 24 al amanecer nos levantaron y nos llevaron a la estación, nos metieron en un vagón de ganado y nos tuvieron todo el día sin desayunar, sin comer y sin cenar. Allí todos hacíamos nuestras cosas en el vagón, por lo que aquello era un asco.

 

A las tres de la madrugada el tren empezó a moverse. Cuando se paró miramos por las rendijas y estábamos en la estación de Elche. Allí nos encerraron en una naves grandes, que lo único bueno que tenían era que el suelo era blando. Unos moros pusieron un puesto de dátiles y con cinco duros que me habían mandado de casa compré unos cuantos y nos los comimos entre los tres que andábamos siempre juntos. Es lo único que entró por nuestra boca aquel día tan señalado. Hasta que Eliseo no escribió a su mujer no supo su familia lo que nos había pasado, porque cuando ella llegó a comunicar con el paquete le dijeron que no sabían donde nos habían enviado y que se volviera por donde había venido. Hay que ver que hijos de la gran chingada son, pensé en aquella ocasión, basta que sea nochebuena para que nos jodan más todavía. Desde entonces no me ha gustado nunca celebrar esa fiesta.

Antonio Gómez Marín

(1909/2002)

 

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