Archivo diario: marzo 24, 2009

Saint-Louis du Sénégal (par Christophe Magny)

24 de marzo de 2009

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Ja soc aquí! En mi mundana corresponsalía de Senegal… Ya era hora. Hace años que no había pasado un invierno entero en París, y me había olvidado de lo frío, gris, siniestro que resulta esta temporada. Encima siempre le he tenido manía a la orgía consumista de Navidad, y a la obligación de divertirse en Noche Vieja – y darles besos a desconocidos ¡sumo horror! Si no me he ido hasta la fecha, era por falta de trabajo importante: para estar allí, necesito tener una traducción consistente, y todo lo que ha surgido estos últimos meses han sido pequeños trabajos de rewriting o de negro. Por fin ha llegado una traducción, gracias al dios o los dioses que sean.

 

Lo que más echo de menos de Saint-Louis, sin embargo, no es su estupendo clima, de lo más suave, salvo en la época de lluvias, de julio à octubre. Ni sus cielos y su luz cambiantes: nunca llegan a la uniformidad de un azul eterno, que resulta sumamente aburrido. Ni los riquísimos colores de África. Tampoco es mi estupenda novia, con quien me río, entre otras cosas, como nunca me he reído con ninguna mujer. Ni la belleza de Saint-Louis, ex-capital de l’Afrique occidentale française, primera implantación francesa en África Occidental, fundada alrededor de 1640, e inscrita en el Patrimonio Mundial de la Humanidad de la UNESCO. Me recuerda a esas viejas ciudades coloniales de Centro América, Mérida (Méjico), o Antigua Guatemala. Ni su situación geográfica excepcional, una isla situada en el delta del río Senegal, entre río y mar, cielo, tierra y agua.

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Foto: Laurent Gerrer

 

No, lo que más echo de menos, es el calor humano. La riqueza de las relaciones con los Senegaleses: te paseas veinte minutos por la calle, y te encuentras con treinta conocidos, y por lo menos un par de amigos. Llevo seis años yendo allí, tres años pasando entre cuatro y seis meses al año, y tengo amigos de verdad, Malik, Ousmane, Madou, Chérif, Diama, Pape, Bineta, Ablaye Cissoko, mencionado en un post anterior, y muchos más. Y si tienes un amigo, eres como un miembro de la familia. Por supuesto, cuando llegas por primera vez, te agobian cien vendedores de recuerdos típicos, mil niños mendigos. Pero al cabo de un rato, la gente te va conociendo y te deja en paz.

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Foto: Pierre Marchal

 

Es cierto que el país cada día se va más al carajo. Demasiada gente, poquísimo trabajo. Los pescadores pescan cada vez menos peces, el gobierno ha vendido los derechos de pesca a la UE, y los pescadores industriales franceses y españoles les dejan poco a los artesanos senegaleses. El turismo va bajando continuamente, la competencia de Marruecos o Túnez es tremenda, y los billetes de avión para Dakar son carísimos por culpa de las tasas del aeropuerto, entre las más caras del mundo. Pero el encanto de Saint-Louis, la magia de esa ciudad me han seducido como ningún otro sitio en mi vida.

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Foto: Pierre Marchal

 

El buen humor permanece sin embargo, aunque la vida cotidiana sea cada vez más difícil. La inmensa mayoría de la gente se levanta por la mañana sin saber lo que van a comer, si es que van a comer. Los precios suben sin parar, los cortes de luz y de agua son cada vez más frecuentes, y todo el mundo sabe que la ayuda europea – sobre todo francesa – va directa o casi a los bolsillos del Presidente y de sus amiguetes. La corrupción es tremenda, por parte de los políticos, y también de quien tenga algo de autoridad o lleve un uniforme. Los funcionarios, muy mal pagados, llevan un racket diario en contra de quien intenta montar negocio o simplemente sobrevivir.

 

Ya os iré contando más, si no me entra la pereza san-luisiana, deliciosa. Para terminar, la vista desde mi balcón…

 

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Foto: Pierre Marchal

 

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