Archivo diario: enero 22, 2009

Costumbres españolas 5: El Chaqueteo (por Antonio Gómez)

22 de enero de 2009

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Chaqueta. (De jaqueta). // 1. f. Prenda exterior de vestir, con mangas y abierta por delante, que cubre el tronco. // 2. f. Méx. masturbación. //3. f. Ven. cazadora (chaqueta corta y ajustada a la cadera)

 

Chaquetear. (De chaqueta). // 1. intr. Huir ante el enemigo. // 2. intr. Acobardarse ante una dificultad. // 3. intr. Cambiar de bando o partido por conveniencia personal. // 4. intr. Chile. Impedir por malas artes, normalmente el desprestigio, que alguien se destaque o sobresalga. // 5. intr. Guat. Actuar servilmente. // 6. intr. Méx. masturbar. U. t. c. prnl.

 

Chaquetero, ra. // 1. adj. coloq. Que chaquetea, que cambia de opinión o de partido por conveniencia personal. // 2. adj. coloq. adulador. // 3. adj. Guat. Dicho de una persona servil (rastrera). U. t. c. s.

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Los chaqueteros que tan ajustadamente definen los señores académicos, en su diccionario en dos tomos, constituyen una especia homínida de numerosos integrantes. ¿Quién no conoce a alguno, o muchos, de ellos? Como los lagartos extraterrestres de cara humana de “V” están en todos los estamentos, sexos, razas, profesiones y ámbitos de vida, y como sus modelos de la vieja serie televisiva sólo son descubiertos cuando su voraz apetito les hacer comerse un ratón vivo o cuando un conflicto de intereses les resquebraja la máscara de persona y quedan al aire las escamas que les caracterizan.

 

Hay chaqueteros en la política, que como en aquella vieja canción del “Forgessound” van “del sillón al salón y del salón al sillón” sin que se les mueva ni un pelo del peluquín, quizás por la tranquilidad que da estar siempre al abrigo del poder, sea quien sea el que lo detente. Tienen chaquetas para todas las ocasiones, que se ponen y quitan de acuerdo a los vientos imperantes: de pana, cuero, cachemir o paño, de Armani o Zara, cruzadas, cazadoras de sport, de sastrería inglesa, e incluso, para visitar los suburbios, chaquetas transparentes que dejar ver la camisa arremangada (sin corbata, of course). Al levantarse cada día ven la televisión para comprobar si ha cambiado el Gobierno y elegir la indumentaria a juego.

 

No falta el chaqueteo en el arte, y más particularmente en la música, donde suelen empezar de rebeldes asaltacunas para terminar enyugados al sistema de pompas mutuas. Se les distingue por su afición a los saraos, presentaciones, cócteles, inauguraciones, tomas de posesión, fiestas de la banderita y conciertos contra la droga o a favor de los niños pobres, pero limpios, del tercer mundo. Sus canciones ostentan la rara cualidad de apuntar siempre a la diana del éxito, y cuando a veces yerran el blanco, siempre tienen a mano un herrero experto en marketing que les ayuda a variar el diseño de la flecha, o a darle un baño de curare, para que lleve al fin la trayectoria deseada.

 

Los hay en el periodismo, quien lo puede dudar: viejos franquistas liberales demócratas de toda la vida en la postdictadura, radicales o filosocialistas según el momento, que acaban como empresarios implacables, arruinando los medios más importantes del País. Desfacedores de entuertos que entuertan al entuertado para desfacer luego lo que ellos enmierdaron. Insobornables investigadores de la verdad convertidos en simples correveidiles de intrigas palaciegas al servicio de tal o cual patrón. Son multitud, no insistiré en el tema, que me toca de cerca y me levanta llagas en el cerebro.

 

En escala más pequeña puedes encontrarlos en todas las circunstancias y de todas condiciones. Lo es ese vecino que cambia su voto a la alcaldía porque piensa que el nuevo munícipe le va a tapar el bache de enfrente de su chalet. Lo es el compañero de trabajo que, otrora sindicalista, defiende ahora los intereses empresariales con el mismo fogoso ardor con que antaño predicara la revolución, erguido sobre la prensa hidráulica del taller metalúrgico. Lo es, en fin, el probo ciudadano que siempre que tiene ocasión dice aquello de “el que a los 20 o es revolucionario es que no tiene corazón y el que sigue siéndolo a los cuarenta es que no tiene cerebro”.

 

Pero, seamos sinceros ¿qué haríamos sin los chaqueteros? ¿cómo crecería la economía? ¿cómo se formarían los gobiernos? ¿cómo avanzaría el mundo? Las personas corrientes y molientes, las que sólo esperan un justo pago por un buen trabajo realizado y dosis sensatas de felicidad en su existencia, las que se mantienen fieles a algunos pocos principios básicos de justicia y convivencia, no suelen tener más chaquetas que las de quita y pon y lo único que pretenden es equilibrar debidamente su sentido de la autoestima. Odian los volubles intentos el chaquetero por justificarse, desprecian las genuflexiones ante los poderosos, y sobre todo, temen como al diablo el implante en mitad del estómago, justo a la altura del ombligo, de la bisagra mecánica necesaria para poder realizar con la donosura precisa las continuas inclinaciones de torso a que les obliga su condición. Y en esas que anda el mundo, pobrecillos, ¿dónde van a ir sin chaquetero que les ladre?

 

Podría decir nombres, pero para qué. Esto acabaría pareciéndose a la guía de teléfonos y todos perderíamos el tiempo comprobando si está nuestro chaquetero preferido. Entiendo que las personas no somos inmutables en nuestro pensamiento ni en nuestras ideas, y que el derecho al cambio y a la evolución deberían estar reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Faltaría más. Pero hay una prueba del algodón para comprobar a qué categoría pertenecen esos cambios y evoluciones. El que pasa sinceramente de una forma de pensar a otra suele tener menos futuro que una merluza en una cazuela. El chaquetero asciende peldaños incesantemente hacia el sillón del trono dejando el suelo regado de las sucesivas pieles perdidas en el recorrido.

Sillón de mis entretelasdel “Forgessound” (1977) Letra: Jesús Munarriz. Música: Luis Eduardo Aute. Cantan ambos.

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