La balada del Metro (por Antonio Gómez)

26 de noviembre de 2008

dibujo-pedro

La cartera leía en el metro un libro de urbanidad y buenas costumbres. El libro era nuevo, pero, como los antiguos, explicaba la forma correcta de redactar una carta, la manera adecuada de saludar a un superior jerárquico o el orden conveniente de situar a los comensales en una cena de gala. La chica era joven, pero, como las viejas, soña­ba con que alguna vez sentaría en el comedor del chalet que compartiría con su marido, que para entonces ya sería director general de Correos, a un presidente de gobierno, un escritor de moda y un bailarín mariquita que arrebataría con sus chistes subidos de tono a las señoras de los otros invitados.

        

Tras haberle dado una ojeada a la mujer, el hombre que viajaba a su lado miró el libro por encima del hombro de la cartera y sintió un irreprimible deseo de asaltarla allí mismo. Pero se contuvo, porque era bien educado y más bien timorato y no quería destruir con un gesto inoportu­no el sabio principio que cuando era niño le había inculcado su padre, melancólico y misógino desde que su santa esposa le abandonara por un vendedor de biblias evan­gelistas, dejándole padre y madre de un niño de tres años: “hijo mío, a las mujeres ni tocarlas, que dan calambre“.

        

Al verla, pero sobre todo al olerla, porque la cartera olía a rosas, a mares abiertos y a cumbres pirenaicas, el hombre pensó en lo que podrían hacer juntos si se atreviera a dirigirle la palabra. Detrás de la muralla del libro de urbanidad que la mujer leía presintió el viajero turbulentas insatisfacciones de pasiones ocultas, oscuros sueños de lujurias desorbitadas, tiernas ausencias de cari­ños compartidos. Y pensó, deslumbrado por la carnalidad de los muslos enfundados en negra seda que dejaba entrever la replegada falda del uniforme azul, que el destino le había elegido para abrir a aquella mujer los caminos de la imaginación y desbrozarle las selvas del éxtasis supremo.

        

Ella ni se dio cuenta. O aparentó no darse cuenta, porque por el rabillo del ojo, por encima de la fórmula ideal para doblar con corrección las servilletas en los banquetes de alcurnia, vislumbró en la cara enjuta y barbada del vecino de asiento un ramalazo de animalidad necesaria que nunca antes había entrevisto en hombre alguno. Pero también se contuvo. Observó el mojado dobladillo de los pantalones del viajero, el barro que bordeaba sus manchados zapatos y se sumergió de nuevo en la lectura para ahuyentar de su espíritu la reprobable tentación.

        

Entonces el vagón se vació de viajeros. Salieron todos: el mendigo que tocaba el acordeón, el coro de quin­ceañeras que volvía del colegio de monjas, el ofici­nista de cara demacrada que leía las páginas deportivas del ABC, las señoras de compras con los brazos cargados de bolsas del Corte Inglés y hasta el heroinómano que dor­mitaba en un rincón aletargado por el último pincha­zo.

        

Todos salieron. Sólo el hombre y la mujer quedaron frente a frente, o mejor aún, codo contra codo.

        

Ninguno de los dos se atrevió a moverse, aunque la cartera sintió un temblor en el brazo del hombre y este pudo observar con la mirada gacha cómo las piernas de la mujer se apretaban contra el carrito de la correspon­dencia aparcado a su diestra.

        

Fue un momento inol­vidable para ambos. No suce­dió nada, pero pudo haber sucedido. Hombre y mujer lo supieron en el mismo momento en que un rayo de atrac­ción mutua les atravesó candente y violento.

        

Nada había en ellos que les hiciera compatibles, ni su aspecto ni sus vidas, pero allí, en aquel momento único en que confluían la soledad del vagón, la oscuridad del túnel y el monótono repiqueteo de las ruedas sobre las junturas de los raíles, los dos se dieron cuenta de que todo era posible, de que nada les estaba vedado: romper las convenciones, abrir la puerta del fondo y tirar el libro de urbanidad para que el tren rodante lo redujera a pulpa imposible de reciclar, olvidarse del padre misógino y su filosofía de la vida, comprar un helado y comérselo boca a boca entre los dos, tenderse en el suelo del vagón y acariciarse hasta conocer monte a monte y valle a valle sus respectivas geografías. Vivir, en fin, la aventura de su vida.

        

El metro llegó a la estación de Pueblo Nuevo. Se abrieron las puertas. Entró un titiritero portugués que en su media lengua les pidió una limosna para socorrer a sus cuatro hijos huérfanos de madre y a una suegra anciana con los que vivía debajo de un puente.  Todos los sueños se rompieron de golpe contra el cartel de antes de entrar dejen salir. El hombre retiró el codo para hurgar en el bolsillo y socorrer al mendigo trans­terrado. La mujer se sumergió en la fórmula que la ayu­daría a escribir una carta al director de una multinacional discográfica para solicitarle un puesto de secretaria en la empresa. No se miraron más.

boceto-pedro

Dibujo y boceto de Pedro Arjona (del colectivo El Cubri)

12 comentarios

Archivado bajo Poesía, relatos y otras hierbas

12 Respuestas a “La balada del Metro (por Antonio Gómez)

  1. Aurora A. de Andrés

    Sí son complicados los asuntos del amor, y complejos, y muy dificiles..¿Cuando una mirada complice, donde el misterio de la piel, el secreto del deseo?
    Con la luz de lo cotidiano, me doy de bruces con la realidad, y la realidad me dice que no puedo sacar agua con un cesto…Es lo que hay

  2. Antonio Gómez

    Joder, Juanma. Esta mañana, recién despertado y con legañas en los ojos te he contestado sin saber muy bien quién eras, pero luego, mientras iba al curro me ha venido todo a la memoria. Yo también me alegro de volver a hablar contigo. Escaldado de otras aventuras aquí he venido a dar, en el blog de mi viejo amigo Adrian Vogel. Dale un repaso, econtrarás cosas que te interesarán. Por ejemplo el relato de Javier García Pelayo del primer viaje de Smash a Madrid en 4 partes:

    https://elmundano.wordpress.com/2008/10/17/viaje-madrileno-1-por-javier-garcia-pelayo/

    Le he dado un repaso a tu blog y haya mucho que leer. Le iré dando una vuelta poco a poco, aunque veo que hay algún relato que ya conozco, como el de “Índices de audiencia”.

    Salud.

  3. Uffffffffffff que gustazo, después de tanto tiempo, que me dirijas unas palabras. Os echo mucho de menos.
    Tranquilo Adrian. Para mí es un honor nombrar a Antonio en mi blog. Lo engrandece

  4. Sin problemas, citando por favor autor y procedencia. Gracias.

  5. antonio gómez

    por supuesto, juanma, por mi parte te lo agradezco, y supongo que el boss Adrián tampoco tendrá inconveniente. Y gracias por la opinión, cosas como esa animan.
    Salud

  6. Antonio, con tu permiso, voy a establecer un enlace desde mi blog para que mis lectores puedan disfrutarte.

  7. Opino igual que en el de “tentaciones de metro”. Denso y fascinante relato. Opino que lo realmente interesante es la atmósfera; es imposible sustraerse a los olores y la temperatura ambiente. Un abrazo

  8. Antonio Gómez

    ejem, ejem. ¿Sabes, Adrián, que me estoy dando cuenta al publicar estos relatos que mi opinión sobre las posibilidades del amor son bastante escasas, y en cualquier caso complicadas?
    Javieer, por supuesto que de lo único que uno debe arrepentirse de lo que no hizo. Sin embargo, el desea irrealizado deja un recuerdo más difícil de borrar que el que se cumplió. Paradojas de la vida.
    Salud.

  9. Javier Garcia-Pelayo

    Joder, estamos románticos, entre el gorila, la cartera y el timorato,…..podrían pasar el rato….ah!… y el titiritero que no se vaya.

    Muy bueno Antonio.

    Dicen, algunos, que de viejo solo te arrepientes de….lo que no hiciste…

  10. Es tan bueno el relato que me fastidia muchísimo el final. Me da rabia ese sabor amargo que me deja. La frustración del momento roto. La magia del encuentro casual hecha añicos. Brrr…

  11. magnífico, de verdad. Un gran relato corto.

  12. Magnífico relato que he disfrutado desde la primera palabra. Sólo puedo decir: GENIAL.

    Gracias

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