Archivo diario: noviembre 21, 2008

Cuando salí del Paraíso 2 (por Javier García-Pelayo)

21 de noviembre de 2008

Si usted lo vio, no es privado

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Menos mal que había más hembras que machos, y que todos los días todos los machos encontraban a más de una que olía definitivamente bien. En realidad eso era lo que más hacíamos, husmear buscando comida, husmear siguiendo rastros propios o evitando ajenos, y husmear hembras. Husmeábamos hasta los rastros de otras hembras de otras especies que aunque olían diferentes a las nuestras, también nos gustaba; cuando ya fui siendo grandote husmeaba de los primeros y gruñía y empujaba más que otros, así también comía más y estaba con más hembras a las que les dejaba olor a mi. Algún macho joven que estando con una con la que yo ya había estado, había olido en ella mi olor, luego se confundía y venía a  mí oliéndome, pero con un gruñido y un buen empujón, se iba escarmentado.

 

Cuando ellas olían a dejarse, además se movían de otra manera y se ponían más receptivas, después de tres o cuatro restregones, se tumbaban y ofrecían sus cuartos traseros redondos con esa flor sonrosada en medio, ¡cómo olían entonces! ¡qué atracción ejercían así!, una vez husmeé a una y me gustó mucho, me miró de una forma que ninguna lo había hecho, era hembra nueva, era la primera vez que olía a dejarse y yo llegué el primero y seguí y seguí sin cansarme, la olí, la abracé, la lamí, me olió, me lamió y llegué dentro, muy dentro, y el sol con las estrellas calientes se fundieron en mi cabeza y pasaron por dentro de mi espalda y a través de mi llegó todo el calor a ella que también gritó, y yo grité y dimos vueltas y empezamos otra vez y un río caliente salió de mi y llegó a ella y gritamos y saltamos y rodamos, y cuando íbamos a empezar otra vez un griterío nos indicó que llegaba el leopardo y todos corrieron y subieron pero nosotros dudamos, yo subí a un árbol pero ella dudó y en ese momento el leopardo le cayó encima dando un gruñido de satisfacción, ella gritó de terror y yo de rabia, una rabia que era la primera vez que la sentía. Pataleé en el árbol, grité, me golpeé el pecho pero el leopardo seguía mordiendo y ella todavía gritaba, entonces arranqué de rabia la gruesa rama a  la que estaba agarrado y caí al suelo dando un grito nuevo, un grito que decía: NO. NO.

 

Un grito que le decía al leopardo que NO, que aquella hembra era mía y que no era suya, que no la matase, que no le iba a dejar. El leopardo estaba acostumbrado a que cuando él llegaba, cazaba y comía, los demás corríamos y siguió mordiendo y rompiendo a mi hembra y yo le dije que NO y para imponer mi voluntad entendí que tenía que atacar, algo que era la primera vez que entendía, era la primera vez que pensaba que podía atacar en vez de correr, sentí esa necesidad y comprendí que aprovechando su descuido, como él aprovechaba el nuestro, yo podía decir que NO, y demostrárselo, y con la rama le golpeé y le golpeé otra vez y se revolvió pero el golpe entonces fue en la cabeza que se abrió en dos como las frutas al caer de los árboles y el leopardo murió, y yo había dicho que NO. Los demás en vez de seguir comiendo o jugando vinieron a ver el leopardo muerto y lo vieron allí tendido con la cabeza rota y a mi con la rama ensangrentada en la mano que seguía golpeando y diciendo NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, y con cada NO otro golpe, entonces los demás empezaron a comprender lo que significa NO y empezaron a decir: ese ha dicho NO, es él, el que ha dicho NO, y me cogieron un gran respeto y se postraron ante mi y yo blandía la rama y los miraba con rabia y les decía NO.

 

Y mientras decía eso comprendí ,que si todos decían No podían cambiar muchas cosas, y que desde luego yo era el primero que había dicho NO y eso me valdría para mucho, porque después, cuando veía una fruta para comer y otro la quería coger, yo blandía la rama (que ya nunca solté) y decía NO, NO, y con eso era suficiente porque el otro entendía que yo había dicho que NO y como yo era “el que dijo NO” me respetaba e incluso se volvía y ofrecía su grupa que yo nunca usaba pero que me gustaba que lo hiciesen, porque eso era respeto para mi, y además ya las hembras también lo hacían siempre, oliesen como oliesen, aunque no oliesen a dejarse, conmigo que era “el que dijo NO” ellas decían si, aunque alguna vieja y poderosa gruñía más que otras jóvenes y nuevas.

 

Y efectivamente todo cambió, ahora era yo el que indicaba lo que quería que se hiciese, todos cogían comida y yo comía el primero todo lo que me gustase, y si alguno decía algo yo decía NO y él temblaba y me ofrecía su grupa, y cuando había hembra nueva, la empujaba sin oler a otro, ya nunca olía a otro en las hembras y si lo olía seguía su rastro y cuando lo encontraba le decía NO y él temblaba y yo lo empujaba y le daba golpes; alguno hubo que al querer defenderse le di con la rama y murió… Continuará…

 

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