Archivo diario: noviembre 14, 2008

Cuando salí del Paraíso 1 (por Javier García-Pelayo)

14 de noviembre de 2008

Si usted lo vio, no es privado

abanico_53

Apuntes autobiográficos:

 

Yo, cuando más he triunfado ha sido de gorila y ahora mismo. La vez más aburrida fue de ameba, que era un continuo dividirse y partirse. Me mataron en las últimas escaramuzas de la guerra de los 100 años  y cuando me metí a pirata me ahorcaron en el primer abordaje. He muerto en demasiadas batallas, algunos patíbulos y en varios duelos al alba y a florete. He amado a las mujeres y alguna creo que me correspondió, he gozado de placeres y me han dado tormentos y que me acuerde sólo una vez, hace ahora algo más de mil años, morí de viejo. Fue a orillas del Betis que, entonces, empezaban a llamarle Guadalquivir.

 

Y aquí va lo que me pasó…de gorila:

 

jugando1

Cuando salí del Paraíso

 

En el principio era la nada, o por lo menos, yo no me acuerdo. De lo primero que me acuerdo es de los recuerdos, de lo que luego en otras vidas supe que se llama memoria. Me podía acordar de lo que había visto y así fui sabiendo lo que había pasado antes, e incluso llegaba a presentir lo que podía pasar después, a base de memoria llegué a ser voluntarioso. Trataba de hacer, de las cosas que ya había hecho, aquellas que más satisfacción me producían. Cuando necesitaba comer, intentaba a base de voluntad conseguir aquellos alimentos que más recordaba, aquellos que más vivamente se me iluminaban en la cabeza.

 

También recuerdo que siempre sentía ganas de hacer algo, tenía curiosidad, me interesaban las cosas y los animales y en general todo aquello que se puede hacer cuando se está vivo, buscaba la comida entre aquellas frutas, raíces bajas, hojas y hierbas que tenían colores más bonitos y llamativos; las cogía, las husmeaba, lamía y probaba sintiendo sus olores y sabores. A veces algún compañero de grupo trataba de coger lo que yo husmeaba pero bastaba un gruñido y a veces un empujón para que aquello que yo había visto fuese mío. Todos los del grupo éramos parecidos y nos conocíamos por nuestros olores y maneras, los había grandes y pesados que subían solo a las ramas más gordas y resistentes, otros pequeños y rápidos, subían hasta arriba a ramas frágiles que se doblaban.

 

Hacíamos mucho ruido, siempre estábamos emitiendo sonidos con los que nos identificábamos y también servía para saber dónde estábamos, así, el grupo esparcido por una zona era como una bola que se agrandaba o reducía, sabiendo siempre todo el grupo hasta donde llegaba; a veces, algunos como yo, curiosos y con buena memoria, teníamos la voluntad de husmear más lejos y el grupo se expandía con el husmeador tirando de él. Con su grito nos indicaba que el camino era bueno y que había comida sin peligro, porque peligro había mucho; a veces, cuando llegaba el leopardo, todos gritábamos y corríamos y casi siempre cogía a alguno ya viejo o a cualquiera que se descuidara, luego nos reuníamos de nuevo y seguíamos nuestra actividad normal. Cuando algunos se embarullaban empujándose y gruñéndose por algo que querían, los de las ramas más altas les arrojaban frutas o palos o cosas y en realidad era como una fiesta. Ahora que para fiestas, las hembras ¡cómo nos gustaban! Las veíamos andar y eran diferentes, se movían de otra forma, y olían, ¡cómo olían!, yo husmeaba a todas, las que tenía cerca y las que veía de lejos en cuanto estaban a mi alcance, metía mi nariz y me restregaba contra ellas, y solían gruñirme pero yo seguía empujando y me montaba en ellas intentando llegarles dentro, casi siempre se enfadaban, gruñían y me mordían. Cuando veía que se enfadaban demasiado me iba a oler a otra, y de pronto ese olor…

 

Algunas, en realidad todas alguna vez, olían diferente, y aún mejor, era un olor que me trastornaba, me excitaban y cuando olían así gruñían de otra manera, en vez de enfadarse se dejaban oler y me olían a mi también y eso era buena señal ¡buenísima señal! porque significaba que me dejaban oler, empujar, restregar, e incluso llegar hasta dentro y eso era lo que más me gustaba, ¡cómo me gustaba!

 

Claro que las bullas más grandes se formaban por eso, porque cuando olían así todos se daban cuenta y querían empujar y si ya estaba yo pues tenía que gruñirles a los demás. Al principio de que me gustasen esos olores siempre llegaba el último y los otros que allí estaban se gruñían entre ellos y a mí, pero cuando la hembra olía bien se dejaba oler por todos, el único problema era el turno de cada uno porque todos queríamos ya. Normalmente, antes de hacerme grande, tenía que esperar a que todos los demás se cansaran y luego me tocaba a mi, claro que había algunos que seguían y seguían y los demás teníamos que esperar a algún descanso para saltar por encima de la olorosa hembra, que para entonces ya olía a hembra pero también a macho. A mi me gustaba más cuando sólo olía a hembra, pero en realidad me daba casi igual porque lo que quería era llegarle hasta dentro, y entonces ¡ah!, entonces era demasiado.

 

Me daba tanto gusto que gritaba, arañaba, golpeaba, y de pronto ¡plaaas!, era como si el mundo con su cielo de estrellas brillantes pasara a través mío para llegar hasta dentro de ella ¡cómo me gustaba!, era mejor que comer o dormir, incluso mejor que cagar y mear que era algo que también me gustaba porque me servía para saber que había estado allí antes o alguien de mi grupo. Pero lo de las hembras era mejor, siempre olíamos a todas para ver cual olía a dejarse, y aunque me gruñeran o mordieran, también me gustaba porque cualquier olor a hembra, cualquier restregón con ellas me gustaba.

4 comentarios

Archivado bajo Cultura, General, Poesía, relatos y otras hierbas