Las hipotecas, cadenas del esclavo contemporáneo (por Antonio Gómez)

13 de noviembre de 2008

 

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Hoy en día la carne humana ya no se vende en los mercados como fuerza de trabajo, el látigo ha dejado de ser utilizado por los modernos capataces –que en estos tiempos de eufemismos se llaman directores de recursos humanos-, no se ponen grilletes en los tobillos a los trabajadores y la esclavitud ha pasado a ser una atrocidad más, un capítulo antiguo de la atroz historia de la humanidad. Sin embargo, los esclavos siguen existiendo. No duermen encadenados en precarios barracones ni se desloman de sol a sol recogiendo algodón, sino que circulan a nuestro alrededor, cómodamente arrellanados al volante de su MG-328, con la sonrisa de oreja a oreja, sintonizados a Jiménez Losantos o a la SER, convencidos de ser libres en un mundo de hombres libres, pero con el estigma de la esclavitud instalado con un chip electrónico en el cerebro, ya que no marcado a fuego en el lomo.

 

Hipotecas, créditos, financiaciones, plazos y tarjetas del Corte Inglés son, entre otras sutiles formas de dominación, las invisibles cadenas que unen al moderno esclavo al yugo del sistema y le impiden cualquier ejercicio de libertad que no sea la posibilidad de aumentar su endeudamiento, comprándose un nuevo automóvil o dedicando la noche del sábado a ir a la Gran Vía para asistir boquiabierto al último musical de moda.

 

Fausto vendió el alma al diablo a cambio de la inmortalidad y Robert Johnson, negro y por consiguiente más ambicioso, a cambio de dominar el arte de los blues. Ambos son tratos justos, aunque la inmortalidad deba ser una lata insoportable, pero lo malo de la actualidad es que hemos vendido al sistema nuestra libertad a cambio simplemente de mayor comodidad. Más o menos como denunciaba Orson Welles de algunos de sus compañeros de Hollywood durante el “mcarthismo”, de los que decía que habían traicionado ideales y amigos a cambio de conservar sus piscinas. Resulta difícil caer más bajo.

 

Veamos el prototipo de víctima: tiene entre 20 y 70 años. Antes de esa edad, convengamos que aún no se ha planteado el problema, y pasada, aceptemos que ya se ha liberado de toda servidumbre financiera y puede reposar tendido sobre esos puntos suspensivos con interrogación final que son los últimos años de la vida. Está casado o casada, o en cualquier caso piensa en el matrimonio. Puede ser hombre o mujer (aunque esta última condición plantee algunas matizaciones que no vamos a abordar), y los hijos, o son un proyecto cercano o constituyen ya una realidad en diferente grado de desarrollo. Tiene trabajo fijo y comparte con los bancos la propiedad de piso, coche, segunda residencia, moto de agua, vacaciones en Cancún, televisor de plasma, ordenador con ADSL y lavadora-centrifugadora-secadora-planchadora-fumigadora activada por un programa informático, entre otros adelantos de la tecnología moderna.

 

Inmerso en esta situación, ¿como va nadie a plantearse no ya una rebelión laboral, una huelga o un simple desplante al jefe, con gesto de “anda y que te den” incluido, sino ni siquiera la posibilidad de liarse la manta a la cabeza y tomarse un año sabático para estudiar el sistema cooperativo de las hormigas tigre en Senegal? Hacerlo sería una locura solo comprensible por mentes alborotadas. Se perdería el puesto de trabajo, y a partir de ahí, en una cascada maldita todas las demás comodidades adquiridas a lo largo de una vida de sumisión y entrega a la Diosa Banca.

 

Yo, que tengo la edad suficiente, aún recuerdo cuando se popularizó en España la venta a plazos y uno podía tener en casa un frigorífico antes de pagarlo. Recibí entonces una lección de mi familia que nunca se me ha olvidado, aunque a veces la haya transgredido: jamás mis padres, ni en general la gente que se movía en su contexto amistoso o familiar, hicieron uso de aquel nuevo sistema de parecer rico sin serlo. Ellos, de pueblo como eran, reunían primero el dinero que costaba lo que querían comprar y sólo cuando podían pagarlo entero iban a la tienda. Tenían menos cosas, cierto, pero las que poseían eran totalmente suyas, sin reservas, sin cobradores del frac, y no había peligro de que por mantenerlas hubiera que bajarse los pantalones ante nadie.

 

No voy a defender ahora la vuelta a aquellos tiempos, más que nada porque aparte de imposible sería irrealizable. Además, entiendo perfectamente que la necesidad de seguridad y de protección ante los conflictos, íntimos o sociales, está presente en el género humano desde, por lo menos, la historia aquella de la manzana y la serpiente. Para cubrirla se inventaron las religiones, los dioses y los profetas, y por ella triunfan los dictadores y los gobernantes populistas. Para convertirla en un seguro contra las rebeliones y aventuras, contra la libertad, en definitiva, se ha inventado el endeudamiento perpetuo, condena máxima que no necesita de jueces ni jurados para aplicarse.

 

No señor, ni un paso atrás. Sin embargo, pienso que no estaría mal reflexionar sobre si, a lo mejor, convendría que los humanos de los países llamados desarrollados (por no utilizar viejas expresiones que para algunos constituyen palabrotas obscenas impronunciables, como “capitalistas”) fuéramos más pobres, tuviéramos menos cosas y hubiera una mayor armonía entre lo que somos, lo que tenemos y lo que disfrutamos. En definitiva, la cuestión está en si podríamos avanzar hacia un mundo en el que las cosas estén al servicio de las personas y no estas al servicio de la posesión de objetos, un universo, no sé si utópico, en el que la libertad sea condición natural de los humanos y no un bien de lujo vendido en cómodos plazos en las tiendas de delicatessen vitales.

No digamos que nadie fue capaz de denunciar hacia dónde íbamos: en 1963 Malvina Reynolds escribió esta “Little Boxes, que también cantó Pete Seeger y de la que en 1968 Adolfo Celdrán hizo una versión en castellano, que dio lugar al cómic de Juan Carlos Eguillor del encabezamiento. También en Chile la adaptó por la misma época Víctor Jara y la tituló “Casitas del barrio alto”.

 

11 comentarios

Archivado bajo Cultura, Política

11 Respuestas a “Las hipotecas, cadenas del esclavo contemporáneo (por Antonio Gómez)

  1. Pepe

    Lo mejor para no dejarse esclavizar por el banco es vivir en un barco como hace este chaval:

    http://www.lascartasdelavida.com/diario_de_un_viaje/vidaabordo.php

    Y que vengan nadando los municipales a embargártelo XD

  2. ¡Amén a todo! Hay quien ha definido esta situación como la jaula de cristal: es decir, parece que no hay jaula pero la hay. También metafóricamente con el hinduismo que reza que este mundo es una ilusión, y que detrás del velo está la realidad (sea la que sea)

  3. javier garcia-pelayo

    A propósito de lo anterior, Silvio decía de quien protesta: “Es que no se ha enterado de nada.”

    Y en una letra decía: “Somos victimas propicias de una antigua maldición: Hemos de ganar el pan con nuestro propio sudor !!Menos mal!! Que, aquí en Sevilla, la mitad tengo ganada, porque hace tanto calor, que sudo…… aunque no haga nada.”

  4. javier garcia-pelayo

    El ser humano, desde que nos bajamos de los árboles y salimos del paraíso (ver mañana mi columna) hemos estado tratando de perfeccionar nuestro sistema social de producción y distribución de alimentos y ajuar domestico, aunque fuera con un sistema jerarquizado de distribución. Y, no cabe duda, que en la actualidad, la economía de mercado se ha demostrado la más eficaz para dichos propósitos. Nunca antes ha habido tantos bienes de consumo al alcance de tantos. Ahora bien, la esclavitud se lleva por dentro, cuando el MIEDO a perder lo que se tiene te induce a aceptar situaciones no deseadas, que otros te imponen.

    A lo largo de mis vidas, creo haber descubierto los huecos que este montaje deja a los que quieren ser libres. Fundamental es ser INSOLVENTE, no poseer nada que te puedan quitar, tener ocupaciones productivas autogestionadas (no trabajar), no tener miedo a perder la vida y quizás lo mas importante, enfrentarte a las realidades económicas desde el cobijo de una empresa limitada ó mejor aun anónima (su propio nombre indica sus propósitos), ya que cuando los políticos actuales hablan de libertad, siempre se refieren a la libertad de empresa. Por ejemplo, si una persona tiene algo que cobrar le descontaran el ¿12?% de IRPF (parece inscripción de lapida mortuoria). Si es una empresa la que presenta la factura, no le descontaran nada…y le añadirán el 16% de IVA, es decir un 28% de diferencia a favor del cobro empresarial, pero es más si la persona que cobró se endeuda le embargaran todos sus bienes, incluso con responsabilidades penales. La empresa cuando tiene muchas deudas, cierra y no hay, prácticamente, ninguna responsabilidad. Si alguien arruina a otro la gente dirá, que tío tan chungo, si es una empresa quien arruina a alguien dirán ¡¡¡que gran gestion empresarial!!.En fin que NO existiendo LA LIBERTAD, hay que ir buscando Libertades, que te permitan subsistir con la dignidad que el ser humano merece.

    Amor, Salud y Libertad amigos.

  5. Podemos ver la esclavitud laboral aquí mismo en Madrid, no hay nada más qe darse una vuelta por la PLaza Elíptica (Fernández Ladreda) ante la boca del metro, esquina a la avenida de Oporto, para ver a cientos de inmigrantes a la espera de ser “contratados” por un “tratante” que les escoge como en el siglo XVIII, los “carga” a una furgoneta y les promete 30 euros por el día de trabajo, que generalmente no les paga al final, diciéndoles que le denuncien si tienen papeles. Terrible.

    Me has hecho recordar aquellas veladas a escondidas donde Celdrán cantaba y todos estábamos pendientes de si venian los “grises”.

    Gracias y un saludo

  6. Christophe Magny

    Sumamente acertados los argumentos de Antonio. Me parece sin embargo que falta una variable a la ecuación, como bien dice el Sr. Keynes (que debe morirse otra vez, de risa esta vez, al ver el tinglado en el que nos han metido los ultraliberales discípulos de Milton Friedman): es que el planeta no da para tanto consumo, consumimos más de lo que puede darnos la Tierra. Será, creo, este factor que nos obligará tarde o temprano a cambiar nuestro modo de vida, ya que somos incapaces de hacerlo de motu proprio, y que el sistema es incapáz de remediar a esta situación.

  7. Muchas veces hemos hablado de esto el señor Gómez y yo… Creo, sin embargo, que falta una variable a la ecuación: la transformación del hombre en cosa. La evolución (o involución, sería más exacto) del mundo laboral ha propiciado que el trabajador abandone su condición de ser humano para convertirse en un mero engranaje del sistema productivo. Los intangibles (experiencia, conocimiento, ética de trabajo…) ya no tienen sentido. Los trabajadores del siglo XXI somos una mera cifra en la cuenta de gastos. No merece la pena engañarse. Si a eso añadimos que, como consumidores, cobramos entidad numérica gracias a las cuentas de resultados de las grandes compañías… tenemos la perfecta descripción de la cosificación del ser humano.
    Bueno, habría aún muchas cosas por apuntar…
    Perdón por la parrafada y ánimo.

  8. la horquilla de candidatables a víctima es francamente descorazonadora. no está nada mal reflexionar, desde luego. en esas famosas imágenes de familias exponiendo tooodos los productos de alimentación que consumen, los más pobres tienen la sonrisa más ancha.

  9. Las viñetas se pueden ver y leer mejor en la Web de Adolfo Celdrán, de donde están copiadas. El enlace es:

    http://www.adolfoceldran.com/articulos/ComiCajitas.html

  10. imposible leer las viñetas, salen las letras muy enanas aún abriendo otra ventana!

    respecto “la esclavitud moderna” de las hipotecas etc, sólo decir como diría chiquito: la cosa está mu malita!

    saludos

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