Viaje madrileño y 4 (por Javier García-Pelayo)

7 de noviembre de 2008

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Si usted lo vio, no es privado (la columna del viernes de Javier)

 

 

 

 

Cuando llegué a la pensión no acepté bronca ninguna, le dí lo que pude y subí para hacer el equipaje e irme. Manolito había vuelto y me dijo que los demás estaban “tripeando” en la Casa de Campo con unos ácidos que habían aparecido. Nos fumamos unos canutos y me regaló un bote con ocho o diez “orange-sunshine”. No lo dudé, me tomé dos y empecé relajadamente mi marcha a Sevilla. Cuando empezaba a resoplar noté la necesidad de ruptura y me tomé el bote entero. Manolito me dijo que era una barbaridad. A partir de ahí tomé la decisión de ver lo que pasaba. Bajé y le indiqué a los patrones que me iba a Sevilla en el primer tren, si no esa noche por lo apurado de la hora, lo más tarde por la mañana. Dejé la bolsa en un rincón y cuando iba a salir llegó Antoñito con dos gitanos de “mucho arte” que trabajaban en Los Canasteros. Yo ya resoplaba largo y alto y todo entraba en dimensión, en el compás de las cosas, diferentes espacios juntos, el run run de fondo, con sonidos de claxon, el movimiento indiferente y asustadizo de las aceras se endulzaba con la amabilidad de Antoñito. Me presentó a sus amigos: uno, joven fragante potro de raza noble, y el otro un hombre de tronío, un gitano con mucha clase; recuerdo un impecable traje de franela azul, azul, azul, corbata roja, roja, roja, y tez de bronce, bronce, bronce. Era un señor. Fumaba Rumbo largo con un paquete grande y dorado y esa combinación de colores azul, rojo, bronce, dorado, su movimiento y forma y manera de expresarse eran extraordinarios.

 

El tiempo es incómodo, el tren de esa noche no se podía coger. Atocha, caminamos, hablamos, Plaza de Santa Ana, Callao es una plaza invernal tan dura como la Navidad fascista. El césped del jardín del Mº del Ejército crece, los soldados de guardia quisieron irse de la mili de entonces. En realidad no llevaba ni siquiera el equipaje, no quería tener equipaje. A todos vence la marihuana que da la ciencia al Ramayana, por eso decidimos ir a comprar. Ellos sabían, pero taxi arriba taxi abajo y en Carabanchel no hay, Lavapíes tampoco. Estábamos en Vallecas, hay que sentir con el cuerpo entero, por eso hay que caminar expandidos ocupando todo el espacio vital, el gitano me aplaudía “bien tío”, lo llevaba bien, fumamos mucho Rumbo, estábamos charlando con unos chavales que tenían grifa y mi amigo el gitano me dijo:

 

Javier mira, te presento al “APACHE”.

 

Lo vi y era Jerónimo, Sitting Bull y todas las tribus. Si él hubiera sabido lo que yo sabía, que no era como podía parecer, me hubiera comido el corazón. Giré rapidísimo y dejándole caer la mano en su corazón le dije:

 

¡Aho! “APACHE”, Tu (y le apretaba el corazón) y yo (me palmeaba mi pecho) hermanos (cruzando los brazos en aspa) amigos pero no conocer.

-(Con fuerte acento cheli) Oyes, a este qué le pasa.

Nada, nada, pero no se te olvide nunca -y volvía con los mismos gestos

Tú y yo amigos pero no conocer.

Oyes, ni ácido ni nááá…, eh…

 

Total, que con una guitarra y unos bongos que tenían nos fuimos el Apache con dos o tres heavys, los gitanos, Antoñito y yo a un descampado cercano y empezamos una buena fumada de grifa. Ellos no habían tomado pildorillas, pero el gitano decía que viajaba conmigo y nos oíamos los cerebros con sus pensamientos y sensaciones, nos sentamos en piedras y Antoñito empezó a tocar y cantar. Yo le escuchaba desde dentro y lo veía desde fuera. Desde arriba nos veía a todos, y cuando todo era bueno era buenísimo y los colores eran agradables, esféricos, de tonos arropadores, brillantes, cálidos, con el espacio cubierto de lluvias de estrellas; pero si alguien preguntaba la hora o pedía un cigarro o cuando se cortaba una canción todo se hacía anguloso, metálico, refulgente, con chispas amenazadoras.

 

Forever walking” nos salvó otra vez y nos condujo al cielo. Antonio la cantó masticándola, se veían los átomos de colores en su boca, la garganta era un fuelle, el gitano lloraba de gusto y yo veía la melena de Antoñito y la mía ardiendo en amables llamaradas mecidas al compás, mientras que al percutir con las lenguas de fuego de mis manos en la piel de los bongos se producían unas explosiones rítmicas con estrellas de los más brillantes y variados colores – todas las partículas de los átomos tienen colores cambiantes y es que el desinhibidor que nos desinhiba, buen desinhibidor será. ¡Coño! Después de cada fiesta viene el desmontaje, La relación unitemporal nos impide entrar en ese orgasmo cósmico que alguna vez rozamos. Por eso tuvimos que irnos. Fueron levantándose y yendo hacia la carretera, yo quedé rezagado; cuando voy llegando a ellos observo que tiran para la derecha, que era campo abierto y cuando miro a la izquierda (que era el camino) veo venir a la pareja de la guardia civil. Apreté el paso y les quité la vez, gritando yo mismo “¡Alto!”, quedaron todos sorprendidos. Yo estaba en medio, a mi izquierda Vallecas y la guardia civil, a mi derecha mis colegas y el campo. Dirigiéndome a la pareja, dije:

 

Buenas noches ¿verdad que los taxis están por esta parte?

-Si, claro.

-(Dando un paso atrás) Oye, que es por aquí.

 

Y fueron pasando todos entre la pareja y yo, con la guitarra, los bongos, las melenas golpeando los hombros y saludando muy educaditos.

 

Buenas noches.

Buenas noches.

 

Uno tras otro en fila india. Y cuando pasó el último

 

Adiós, gracias, buen servicio– les dije mientras me iba. Aunque la coletilla de (buen servicio) es sedante benemérito, su efecto no es muy largo; pero a veces hay suerte y cuando ya les oía el cerebro rechinando para gritarnos …

 

Taxi!- grité yo quitándoles la vez de nuevo. El milagroso taxi paró, los dos gitanos, Antoñito y yo subimos y nos fuimos para el centro. Espero que ganaran los indios, los apaches fueron un pueblo de grandes hombres.

 

Antoñito se fue con los artistas a Los Canasteros donde ellos trabajaban, yo no vi oportuno acompañarlos ya que seguro daría “el mitin” en un ambiente tan conservador como era el flamenco; para coger un tren para Sevilla tampoco estaba, así que no recuerdo cómo pero me fui a Picadilly y allí entre bailes y charlas alucinadas fue pasando el tiempo sin un canuto para la bajada, que por otra parte tampoco llegaba y de pronto en una salida a la puerta veo venir a mi amigo de Sevilla “el Bony”, trianero dandy, con su bastoncito de caña, perfectamente vestido con traje, abrigo y su maletita. Venía con su novia y una amiga morenaza que había visto alguna vez en Triana.

 

Bajar no bajaban los ácidos pero (cosa rara en pleno viaje) lo demás subió todo, la morena me excitaba una barbaridad. El Bony me preguntó si yo tenía un apartamento o algún sitio para dormir, yo le dije que sin problemas, que tomáramos algo en la disco y que por allí vendrían unos amigos que tenían apartamento. Esto aunque no fuera seguro, y desde luego yo no sabía de qué amigos le hablaba, era muy probable porque con la presencia de las dos tías y el chocolate que Bony traía, los “amigos” que nos ofrecerían sitio serían varios con seguridad; así que pasamos a la sala y yo me dediqué a la morena. Le hice todo el repertorio de seducción psicodélica que se me ocurrió, recuerdo que mientras bailábamos le decía más o menos “morena tengo la fuerza, podemos ver el universo juntos” y mientras, le pasaba un dedo por la columna vertebral. La recuerdo estremecerse y ver una corriente eléctrica de colores entre mi dedo y toda su columna, que le salía por los ojos de gusto, que ponía….mientras me decía que no, que venía cansada pero como no parecía verdad yo insistía pero la morena era pureta de Triana y no le terminaba de gustar un hippy alucinado como yo.

 

No sé si por mi dedicación a la morena o porque no vino nadie, el caso es que a las cuatro y media o cinco cerró Picadilly y no vimos a nadie, el Bony, que venía de viaje y con novia, quería irse al apartamento (¿?), la morena ya me había dicho, más bien por activa que por pasiva, que no, que estaba cansada, que tenía el mes y además que no. Total que en la puerta de Picadilly y chungo; pero yo pensaba que tenía posibilidades, así que no me arredré ni rendí y, para ganar tiempo, le dije a Bony que el apartamento estaba por esa calle de enfrente, que en realidad yo no conocía. Fuimos bajando por Clara del Rey, mientras yo seguía dándole caña en la columna a la morena, que seguía estremeciéndose y diciendo que no, sin acritud. Cuando llevábamos algunos minutos andando hacia ninguna parte, y ya me iba a rendir, se oyó una voz del cielo que decía: “¡SMASH! ¡SMASH!“ Miré para arriba y los focos de la calle me cegaron con brillantes y hermosos rayos de colores y respondí: “¡SI! ¡SI!” y la voz por encima de las luces nos pidió que subiéramos.

 

¿Qué piso era?” Pregunté a la luz, me respondió y le dije a Bony: “Aquí era.” Subimos y resultó ser el técnico de Daniel Velazquez al que unas semanas antes le habíamos alquilado el equipo de voces, estaba en el balcón esperando la salida de Picadilly porque alguna chica le había dado plantón; así que nos aposentó, nos fumamos unos canutos y el Bony, dejándonos una china, se retiró al único dormitorio con su novia, quedamos el técnico, la morena y yo. Le di un ultimátum diciéndole que yo podía ver el universo con ella o solo, optó por que lo viera solo y me tumbé en un rincón del saloncito el técnico, muy amable, me dio una manta y cansado como estaba y con el cerebro a mil comencé un viaje, de ojos cerrados, lleno de imágenes, colores, velocidad y todo lo demás. No sé cuanto duró mi descanso (no mucho) y me despertó la dureza reventona que me asaltaba por las bajeras y sin poder más, me levanté para comentárselo decididamente a la morena; Pero cuál no sería mi sorpresa cuando vi que, en la otra parte de la L del salón y debajo de la mesa del comedorcito, tapados por una manta estaba el técnico encima de la morena empujando con gemidos placenteros. Yo me desnudé y siguiendo la dirección de la flecha me fui para ellos apartando la mesa diciéndoles que me dejaran sitio; recuerdo al técnico encima de la morena, completamente tapados hasta el cuello, culeando debajo de la manta diciéndome: “¡no cortes el rollo tío!”. La morena me decía que no, que no. Total que impelido por la necesidad reventona me subí a la mesa y allí de pié atendí a mi dureza descargando sobre ellos entre gritos, bramidos y visiones cósmicas. Me caí rodando y después de resoplar un rato, como un ballenato, tildándolos de cortos y de grifotas sin sentido revolucionario de la vida, me vestí y me fui ya de amanecida. Llegué a la pensión, cogí mi equipaje y me subí al primer tren hacia Sevilla, para ponerme bajo la guardia y custodia de mi madre como estaba legalmente obligado, por mi minoría de edad.

 

Silvio habla con Ángel Casas de Smash y el “flamenco-rock”

 

CAPÍTULOS ANTERIORES:

 

Viaje madrileño 1 (por Javier García-Pelayo)

 

El viaje madrileño 2 (por Javier García-Pelayo)

 

El viaje madrileño 3 (por Javier García-Pelayo)

 

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12 comentarios

Archivado bajo Cultura, Música

12 Respuestas a “Viaje madrileño y 4 (por Javier García-Pelayo)

  1. José Luis Pérez

    Hola Javier,
    me ha encantado tu relato. Es chispeante, alucinante y me he partido de risa. Como en esos años yo aún no había nacido, estoy conociendo esa época escuchando música y leyendo lo que puedo. Espero que nos deleites con más relatos con tanto estilo como este.
    Un saludo,
    José Luis

  2. callebetis

    Que los Garcia Pelayo son unos caraduras no lo voy a descubrir ahora pero ahora son aun más jetas que antes, Gozalo y este, dos prendas. Mucho buen rollo, mucha filosofia vitalista pero vaya cara mas dura que se gastan. Si os los encontrais guardaos bien la cartera que os despluman.

  3. Maria A. Dieguez

    Javier, eres la hostia.
    Todavia me acuerdo de los tripis (pildorillas como le deciamos en Sevilla) escuchando vuestra musica, siete metidos en un Renault 4L.
    Estabamos aparcados en la Alameda y nunca supimos como aparecimos en Los Caños.
    Gloriosa musica y gloriosa epoca.
    Un abrazo desde el Sur

  4. javier garciapelayo

    La actuación, un domingo por la mañana de Smash en la librería Cultart de Quevedo, en Madrid, creo que la consiguió Antonio Gómez o quizás Moncho Alpuente, o ambos dos, si no recuerdo mal, miembros de “las madres del cordero” grupo de resonancias Zappianas y referencia, para nosotros, de la izquierda progresiva madrileña de la época.

    En dos taxis cargamos el equipo y nos fuimos a la actuación y al pasar por la Gran Vía, vimos a ¡¡¡Gualberto!!! que recién bajado del avión que lo traía de América, caminaba con el Sitar. Paramos y por supuesto se vino con nosotros al bolo, añadiéndose a la formación que en ese momento era de tres: Julio, Antoñito y Henry. Llegamos y allí nos esperaba Mane (Gong), genio y líder absoluto de la música sevillana, a quien los domingos le dejaban salir del psiquiátrico. Se añadió a la formación también y el que no vino fue el técnico, por lo que monté yo el equipo (por 1ª vez en mi vida). Fue llegando el público hasta el lleno total….y empezó la actuación, con la formación de tres tocando y cantando “Scouting”, Gualberto, con el sitar tocando y cantando una cosa hippie de algo de las estrellas y del raimbow…y Mane tocando y cantando “when the young little boy plays guitar” todos a la par……y envueltos en los enormes y constantes pitidos de acoples que el equipo profería. Henry, se sentó, yo me escondí y los demás seguían. Julio desgañitándose para cubrir aquello, Mane echando espumarajos por la boca, mientras cantaba, Gualberto inmerso en lo suyo y Antoñito siguiendo a Julio como podía……..Fue un gran éxito, incomprensible pero cierto: gran critica en Triunfo, enormes comentarios sobre lo revolucionario de “la experiencia”….y Cultart cerró por falta de genero, el publico se llevó la librería a casa….sin pagar, claro. En fin así fue.

    Salud compañeros

  5. javier garciapelayo

    Gracias por esos comentarios que,sin duda ,me halagan y confortan.Respecto a si es memoria o creacion literaria….es fijacion de momentos.tengo,entre los mas de 500 que hice,unos cuantos viajes de acido que,por haberlos contado muchas veces,los recuerdo con precision y al evocarlos…casi me sube de nuevo.Si Adrian quiere os contaré,otro dia, el 1º,que hicimos en el 69 cuando nos juntamos 16 hippies sevillanos en mi casa de Madrid,donde por cierto tambien estan Antoñito y Henry,fué “too much”

  6. Gustavo a lo mejor fue precisamente el colocón lo que le armó de valor. Aparte de un innato instinto de supervivencia (que me consta por nuestras vivencias compartidas).

    Liz y Christophe hay momentos y momentos. Cuelgues y cuelgues. Momentos inolvidables y momentos Kanter (por la cita del de Jefferson Airplane que nos traía Christophe a colación).

    Jejeje Moebius, lo de la película es exactamente la idea de Javier. Hoy es nuestro hombre en Las Vegas. Igual el viernes que viene tenemos crónica de cómo encontró la capital del juego a partir del día siguiente de la victoria de Obama… Y si no, el plan B: tengo otra serie (en dos capítulos) de sus memorias (y os aseguro que esos recuerdos si que os van a flipar).

    Antonio, para lo de Cultart vamos a tener que realizar un marcaje muy férreo. Tipo Chendo. El fin de semana pasado le amenacé con que si no lo escribía el, lo relataba yo. No se si va a funcionar o no. Depende de si se impone su orgullo o el camastrone que lleva dentro (y fuera también).

    Christophe ya sabes “si usted lo vio, no es privado”. Así que me atengo al espíritu de la columna de Javier. Y de paso sirve para que entres al trapo y dejes una gran cita de Paul Kanter y se te ocurra esa excelente idea para un post sobre SM (fue volviendo de Burgos creo, de una gala de Radio Futura, donde tocaba su hermano).

  7. Christophe Magny

    Coño, Adrian, que pesado eres, publicando las cosas privadas que te cuento por e-mail. No, en serio, me río mucho con las historias de Javier, los Freak Brothers sevillanos aterrizando a lo bestia en el Madrid franquista. Lo que me extraña en este testimonio, es que Javier se acuerde de tantos detalles. Debido al ácido y demás sustancias alucinógenas, hay periodos enteros de mi vida de los que ni me acuerdo. Como decía Paul Kantner, “If you can remember anything about the 60’s, you weren’t really there” (si te acuerdas de lo que sea de los años 60, es que no los has vivido realmente). En nuestro caso, the 70’s. Creo que en esos recuerdos de Javier, más que de memoria, se trata de esa – rara – capacidad que menciona Antonio de recreación literaria. Chapeau, Javier (y gracias a tí, Antonio, por el homenaje a Colette).

  8. Christophe Magny

    Buenísimo lo de Javier. Si te acuerdas (1977-78), cuando salíamos de CBS a la hora de comer, me llevabas en tu coche, ya que vivía al lado tuyo. Líaba un canuto (hubó unos cuantos también en la escalera entre los pisos 9 y 10 de Generalísimo 25). Lo hacía muy rápido, y solías comentar que el único que líaba tan rápido como yo era Javier. Nos vimos luego un par de veces con Javier, y siempre tenía esa frase tuya en memoria.

  9. Antonio Gómez

    ¿Ya se ha acabado? Joder, que cabronada. Pese a que tenía el texto de Javier completo y lo había leído, la verdad es que en estas cuatro semanas había establecido una especie de rutina en mi vida diaria. Hoy la he repetido. Llego al curro, doy un vistazo a los periódicos, entro en EL MUNDANO, copio el capítulo correspondiente y lo imprimo. Me bajo a la calle a leerlo mientras me homenajeo un poco y, aparte de descojonarme un rato, saco de lo escrito una imagen exacta de una realidad. También a mí me sorprende, Liz, la capacidad evocativa de Javier, en la que supongo que hay mucho de buena memoria, pero también de recreación literaria. Da lo mismo el porcentaje que haya de una cosa u otra, porque el resultado final es de una credibilidad absoluta, incluso para mí, que viví relativamente de cerca lo que cuenta.
    Según recuerda el propio Javier, cuya memoria es sin duda más concreta que la mía, debí conocer personalmente a los miembros de Smash el año anterior a lo que él ha relatado en estos escritos, es decir, en 1969, con motivo de su estancia en Madrid para promocionar su primer disco, “Scouting”, que habían grabado en Als 4 Vents de Barcelona. El encuentro se dio porque yo era, junto con Antonio Piera, el que se encargaba de la “promoción” en Madrid de los discos que editaba Ángel Fabregas, el dueño y director del sello. En realidad lo que hacíamos era llevar a los discos a los cuatro amiguetes de radios y periódicos, que sabíamos que los íban a apoyar, y de paso se los dejabamos a algunos “gurus” de la música, que sin duda los vendían en la siguiente remesa.
    Para mí, y el resto de la gente que nos movíamos en el mundillo de la canción “progre” madrileña, esencialmente cantautores y aledaños, entre ellos Moncho Alpuente e Hilario Camacho, la presencia de Smash era algo totalmente exótico, que venía a demostrar que era verdad lo que leíamos en Triunfo sobre el hippismo, la psicodelia, las drogas, y confirmaba que también habían llegado a España los discos de Hendrix, Joplin o Dylan, aunque fuera de contrabando a través de las bases estadounidenses de Rota o Morón (o a través de Radio Vida de Sevilla, que había dirigido Alfonso Eduardo).
    ¿Cómo nos tomábamos todo aquello unas gentes que nos movíamos en el ámbito de la izquierda más tradicional, como el PC u otros grupos marxistas leninistas? Pues no puedo sino decir que estupendamente. Bien porque compartiéramos juventud (yo tenia 20 años en el 69), o porque las nuevas generaciones de militantes fuéramos menos dogmáticas, al menos en el campo artístico, o también porque a nosotros también nos gustaba la misma música que a ellos (aunque la conociéramos menos), la verdad es que pronto vimos que formábamos parte de un mismo paquete de resistentes, aunque cada uno utilizara formas distintas. El conocimiento de Smash (y de otra gente similar), a mí por lo menos me abrió el camino a formas de pensar (y de sentir, sobre todo), de experimentar de la vida, que sin duda me enriquecieron. Y eso continuaría posteriormente en la aventura común con algunos de ellos de Popular FM.
    Prueba de esta buena conexión entre dos formas coincidentes y distintas, al mismo tiempo, de entender la vida, el arte y la política, es que la primera presentación de Smash en Madrid fue ese mismo año 69 en el que los conocí, en Cultart, una librería en la calle Bravo Murillo, cerca de Quevedo, que vendía libros, discos, cuadros (y donde era no demasiado complicado mangarlos, porque las medidas de seguridad eran mínimas), y donde se celebraban también pequeños conciertos, sobre todo de cantautores. La presentación de Smash fue un bombazo, aunque quien mejor lo recuerda, una vez más, es Javier, a quien invito a que lo cuente aquí (con permiso de Adrián, por supuesto), porque es desternillante y lleno de significado. Y, sobre todo, porque así podré seguir leyéndote, colega.

  10. Si fuera director de cine ya te estaba pidiendo los derechos de esta historia para hacer una película cojonuda. Antológico lo de los guardias civiles. El ácido da más lucidez de lo que yo creía.

    “morena tengo la fuerza, podemos ver el universo juntos”. ¡Ésta me la guardo, a ver si a mí me funciona!

    Saludos, me gustan mucho estas anécdotas

  11. liz

    gensanta que cuelgue! y qué memoria para los detalles a pesar de todo.
    Saludos!

  12. ¡Jaja! ¡Qué entrada más cojonuda! Me ha encantado lo de los guardias civiles: ¡eso sí que es estar ágil a pesar del colocón!

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