Archivo diario: septiembre 24, 2008

Elogio de la vagancia (por Antonio Gómez)

24 de septiembre de 2008

“Bartolo, as de los vagos”, dibujo de José Palop Gómez

Como no se trata de ir de originales, ante todo rindamos tributo a los maestros.

 

La vida de Paul Lafargue daría para una novela (o dos). Cubano de nacimiento y francés de adopción, fue uno de los pioneros del marxismo en la segunda mitad del siglo XIX, llegando a viajar a España para difundirlo, aunque debió rendirse, y reconocer que en ese momento los que cortaban la pana del proletariado hispano eran los anarquistas. Fue yerno de Carlos Marx, con cuya segunda  hija, Laura, se casó. No es banal que marido y mujer decidieran suicidarse juntos al cumplir los 69 años, edad en la que consideraron que comenzaba su decrepitud.

 

 

 

 

Sin embargo, no cito aquí al viejo maestro por sus luchas políticas ni sus relaciones familiares, sino por haber sido el autor en 1880 de El derecho a la pereza, obra cumbre del pensamiento antisistema de todos los tiempos, de la que no puedo menos que citar su inicio, de clarividencia envidiable:

 

“Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista. Esta locura trae como resultado las miserias individuales y sociales que, desde hace siglos, torturan a la triste humanidad. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de sus hijos. En vez de reaccionar contra esta aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas han sacralizado el trabajo. Hombres ciegos y de escaso talento, quisieron ser más sabios que su dios; hombres débiles y despreciables, quisieron rehabilitar lo que su dios había maldecido. Yo, que no me declaro cristiano, economista ni moralista, planteo frente a su juicio, el de su Dios, frente a las predicaciones de su moral económica y libre pensadora, las espantosas consecuencias del trabajo en la sociedad capitalista”.

Las pasadas vacaciones, por razones que no vienen al caso (tampoco es cosa de que todo el mundo sepa que ando sin un duro) las pasé en casa, de horizontal en horizontal, dejando correr las horas y descubriendo el turbio atractivo de la molicie. Circunstancia propicia para la relajación de los esfínteres mentales, que acabó en este ELOGIO DE LA VAGANCIA que ahora, ya de vuelta al esclavismo laboral, os entrego para recapacitación general sobre el sentido de vuestras vidas y el provecho que estáis sacando a vuestros afanes.

 

Vaya por delante que cuando hablo de vagancia, de no hacer nada, de dejar que el tiempo pase sin nuestra ayuda, no me refiero, ¡por favor! a esa vulgaridad del “lo dejo para mañana”, que está al alcance de cualquier enfermo de horas extraordinarias. Eso es como la socialdemocracia de la vagancia, que pone parches al sistema pero no lo cambia. No, lo mío es más profundo, más serio. Es una condición mental que cuestiona el elemento fundamental de la civilización cristiano-socialista: la ética del esfuerzo, la moral del sufrimiento. Una memez: todo esfuerzo cansa, el cansancio agota y el agotamiento nos hacer ver Gran hermano como un experimento sociológico. Una rueda de despropósitos que se reinicia cada mañana en la oficina o el tajo.

 

Enumerar las múltiples bondades de la vagancia es un trabajo extravagante por inútil, pues en el fondo de todos nosotros hay un poso de racionalidad última que nos hace comprenderlas, a poco que estemos 10 minutos mirando al techo, buscando plácidamente los elefantes, jirafas y payasos de circo que dibujan en el yeso las sombras que proyecta la lámpara de la mesilla. En ese limbo del no hacer se evaporan en el aire los malos pensamientos (y los buenos, pero estos son tan pocos que no merece la pena contarlos). La sangre, estancada en la horizontalidad del cuerpo, deja de preocuparse por si un trompo obstruye la arteria femoral. Los niños, aburridos de tu inmovilidad, acaban por marcharse a jugar con la pelota. Los monstruos externos que arañan los cristales de las ventanas se evaporan con los últimos efluvios del cerebro inactivo. Y, por último, pero no por ello menos insensato, la auténtica holganza conduce a una insensibilidad física y mental que impide escuchar las llamadas al timbre del Cobrador del Frac.

 

La vagancia, eso sí, como todo avance del género humano, no se regala, se conquista, y la lucha por ella puede ser ardua y prolongada. Antes de enfrentarse con esta batalla vital hay que saber que no hacer nada lleva mucho tiempo. Se trata, prácticamente, de una ocupación a jornada completa, que no admite despistes ni renuncias, porque una vez que haces algo, cualquier cosa que requiera un esfuerzo, tienes que empezar de nuevo desde cero.

 

Como contrapartida, en el estado de vagancia el tiempo pasa muy deprisa: te tiras 10 horas haraganeando y cuando quieres darte cuenta ya es de noche. Entonces te preguntas “¿Qué he hecho yo hoy durante todo el día?”. “Nada” contesta malhumorada tu conciencia. Y uno ya sabe que puede darse la vuelta en la cama, con el culo vuelto hacia el ventilador o la calefacción, depende de la siempre cambiante meteorología, y dormir a pierna suelta, con la tranquilidad espiritual que dan la conciencia tranquila y el deber cumplido.

 

NORMAS DE USO

 

Hay varias etapas que se deben atravesar para llevar a un estado mental que permita disfrutar en toda su extensión del placer del no hacer nada. El dolce far niente de los italianos, pero con menos poesía. Me permito enumerarlos sucintamente para que quien decida tomar este camino de perfección sepa por donde se adentra:

 

1.- Conflicto: Es el momento más duro. En él, deberás enfrentarte en dura batalla interna con todo aquello de “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, que además de una maldición bíblica era una cabronada. Es entonces cuando tienes que romper los prejuicios establecidos del miedo a “perder el tiempo”, del temor a que “con la holganza se hecha panza”, del respeto a la sabiduría popular del refrán “a quien madruga dios le ayuda” o del miedo a “el trabajo libera”, leyenda que, como se sabe, daba la bienvenida a los condenados en los frontispicios de los campos nazis.

 

Pero borrar de la mente las consignas acuñadas con hierro candente en nuestros cerebros por los pregoneros de la filosofía de la infelicidad es tarea complicada. Aunque parezca contradictorio, que lo es, aquí habría que aplicar aquella máxima que a menudo citaba mi padre de “el que algo quiere, algo le cuesta”, porque el completo disfrute de la vagancia conlleva también un esfuerzo inicial que sólo justifica la felicidad del ascenso a la fase final.

 

2.- Asunción: Superado el conflicto moral entre el hacer y el no hacer, llega a la mente la exacta magnitud del objetivo que nos hemos planteado: la vagancia. Uno cumple fielmente las normas y se tiende a la sombra para disfrutar del no hacer nada, pero, de repente, tiene hambre y se levanta a la cocina para coger unas almendras y hacerse un tinto de verano, o se aburre y debe subir al cuarto a por la última novedad de Barbara Cartlan, o le pica la pierna derecha y tiene que incorporarse en la hamaca para rascarse. Son momentos críticos en los que el aspirante a vago debe resistir heroicamente. Si lo consigue ya está preparado para atravesar las puertas del paraíso.

 

3.- Nirvana: Llámase al estado de felicidad ensimismada que conduce a estados de inocencia espiritual tan extremos como que al contemplar en el cielo el plácido vuelo de las avecillas que dios alimenta ni siquiera se sientan ganas de levantarse para buscar la escopeta de perdigones.

 

 

No obstante, alcanzar con éxito el objetivo último de la vagancia absoluta obliga a seleccionar con esmero las acciones, obligatorias o gozosas, que podemos y no podemos realizar durante el proceso. Quien quiera iniciar el camino, que tome nota:

 

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