Archivo diario: septiembre 2, 2008

Los Billares Quevedo (por Rodri)

2 de septiembre de 2008

                                                      Foto de Un día fui pez

No estaban en la Glorieta de su nombre sino en la calle Arapiles. Era  un local en forma de U que tenía dos entradas por los palos de la letra. En el fondo: las mesas de billar. No hay nada en el mundo que pueda compararse a un tapete verde iluminado rodeado por la penumbra del resto; ni al sonido del taco al golpear la bola del punto y el chasquido de las otras al conseguir, o no, la carambola.

Nunca fui un buen jugador de billar; nunca logré el equilibrio exacto de potencia al golpear con el efecto deseado para hacer un “pasebola”, o un “corrido”, o lucirme con el “a tres bandas”. Me defendía pasablemente, obteniendo en algunas ocasiones una “tacada” de cinco o seis que, luego apuntaba con el taco en mi marcador, henchido de satisfacción interna.

Pero en los Billares Quevedo había otro tipo de máquinas en las que estaba más versado: los futbolines. Junto a un “amigo” que, precisamente, vivía en la misma Glorieta de Quevedo, en la casa que daba por su fachada lateral a Arapiles y cuyo portal estaba entre la esquina y el mítico salón de baile “Las Palmeras”, me licencié en el  noble arte del futbolín hasta convertirme en el “rey de la muñequilla”.

Ricardo Urbina era la auténtica figura de los futbolines. Estoy hablando del año 1960. El era algo mayor que yo, que estaba en los dieciséis (Neil Sedaka no hizo “Feliz cumpleaños” pensando en mi) y nunca supe a que se dedicaba realmente. No debía trabajar ni tampoco estudiaba pero se le encontraba en Billares Quevedo. Con él aprendí a jugar mal para aceptar el reto de otra pareja en una partida inocente en la que sólo te jugabas el precio. Entonces había que echar en la ranura de la mesa una “rubia”, o una “cala”, para los jóvenes: una peseta.

También aprendí con él a ligar por la calle. No sé si esto se hará ahora; probablemente, no. Pero entonces el Ricardo y yo, después de los futbolines de Billares Quevedo salíamos a la calle, nos tomábamos una caña con aperitivo de mejillones en Casa Marín, que estaba enfrente, y nos decíamos: ¿vamos a ligar?  Pues vamos.

Había que buscar dos chicas que fueran andando tranquilamente y nos acercábamos a ellas. Esto que puede parecer machista era un ejercicio social maravilloso. Primero tenías que conseguir que escucharan; después, que se rieran y, luego, se entablaba conversación que terminaba en nada o en quedar para el día siguiente. ¡Ya ves tú!

No se que fue de aquel chaval. En el curso 61-62 en el que hice PREU dejé de verle y no he tenido noticias suyas nunca más. Pero me quedé con la afición al futbolín.

Por cierto. En este improvisado batiburrillo de recuerdos, tengo que citar unos billares que para mí eran los más impresionantes del mundo: los billares de los sótanos del Cine Callao. Se entraba por una escalinata que en un primer descansillo tenía un ventanal sobre aquella inmensa sala de billares ( y también futbolines) pero la vista desde aquel mirador, con decenas de mesas de billar vistas desde arriba, le hacían a uno sentirse Paul Newman en “El buscavidas” dispuesto a ganar al “Gordo de Minnesota” hasta la vida misma. Y eso que ellos jugaban al billar americano y nosotros al francés, el de tres bolas y la mesa sin agujeros. Ni siquiera en esa película salía una sala de billares como la del Cine Callao.

Siempre soñé que cuando fuera rico tendría un chalet con una sala con billar y futbolín. Y me he tenido que conformar con el Brain Training de Nintendo. 

 

 

Nota del Editor: con el cambio de siglo Billares Quevedo, calle Arapiles nº 5, dejó su sitio a la sala de juegos y maquinas tragaperras que veis en la foto.

 

 

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