Archivo diario: agosto 11, 2008

Biografías impersonales (por Antonio Gómez)

11 de agosto de 2008

Dibujo original de Pedro Arjona

 

1

 

Si le preguntabas, jamás sabía si era ayer u hoy, nunca había tenido sentido del tiempo. No llegaba a pensar que los ele­fantes fueran rosa y las palmeras de cartón, como en los dibujos animados, pero siempre había vivido como si la vida fuera un globo aerostático flotando en el espacio sin saber dónde queda el detrás y el delante, arriba y abajo. Cuando hizo la prime­ra comunión pensó que se estaba casando, y cuando se casó no pensó nada porque nunca se había casado. Ya no se acordaba cuándo llegó a la gran ciudad, sólo que le habían sorprendido aquellos carros que andaban con mulas, que cuando supo que no eran carros, sino tranvías, les perdió el miedo, aunque nunca llegó a explicarse eso de que las mulas trotaran por un cablecito colgado del cielo. Jamás le engañaban en las cuentas, ni siquiera Carlos, el camello con la cicatriz en la mejilla, que siempre quería mangarle un paquete de Winston. Una vez soñó que era alto como John Wayne y que taladraba con una bala el malvado corazón de un forajido con látigo de mango de plata. Era la única vez que había ido al cine y no le había gustado la película. Cuando hablaba con La Rebelde del último culebrón de la tele siempre se le excitaban los nervios y parpadeaba muy deprisa mientras se frotaba las manos. Por la noche contaba el dinero que había ganado a lo largo del día y lo guardaba en la caja metálica que había heredado de su madre. Nunca se olvidaba de cerrarla con una llave pequeñita que se colgaba del cuello.

 

Evaristo Sánchez Suárez. Setenta y dos años, natural de Fresneda de la Sierra, provincia de Cuenca. Uno cincuenta y cuatro de estatura, cuarenta y siete kilos de peso. Cerillero. Sin familiares conocidos. 

 

 

 

2

 

Lo que más le gustaba en el mundo eran los seriales de televisión, los amores apasionados y desgraciados, las hijas que no conocían a sus padres, las madres que odiaban a sus hijos, los maridos que mataban de amor y las doncellas que se consumían de pena ante los ojos azules del señorito. Tenía una vida en color y veinticuatro pulgadas y un terrible dolor de pies cuando por la noche se quitaba los zapatos y los tiraba de una patada debajo de la cama con sábanas rosas. Los zapatos eran tres números más pequeños de lo que calzaba y al izquierdo le sobresalía en el tacón un clavo que le había roto la media.

 

José María Pérez Avilés. Veintiocho años, natural de Ciempozuelos, Madrid. Uno setenta de estatura, sesenta y cuatro kilos de peso. Sin profesión conocida. Familiar más cercano: su madre Josefa Avilés Castro.

 

 

 

3

 

Lloraba cuando tenía hambre, cuando tenía frío y cuando estaba mojado. Cuando abría los ojos siempre miraba al sol y lloraba. Aún no sabía que el sol es un amigo de amor imperdonable.

 

Jacinto López Escudero. Siete meses de edad. Nacido en Madrid, hijo de Manuel López López y María Dolores Escudero Sánchez.

 

 

 

4

 

Una vez, de pequeño, fue al pueblo de su madre y descubrió que el trigo se segaba en verano, los olmos daban larga y buena sombra y en la era se dormía mirando a las estrellas mientras el viento daba a las nubes formas de coches o de cabras. A los catorce años dejó la escuela porque le gustaba más el fútbol que los libros y entró a trabajar en una fábrica de tubos fluorescentes. Se fue de putas una noche de noviembre y se corrió antes de meterla. Cuando hizo la mili conoció a un torero de Écija que era mariquita, y aunque el torero insistió, el no cedió “porque era muy hombre”. Se casó con Carmen y desde entonces había sido un marido fiel. Había trabajado en tantos talleres que los aprendices, por lo bajinis, porque él ya era oficial, le llamaban el tránsfuga. A veces sentía un dolor en el pecho que ahuyentaba tomando una caña de cerveza y eructando con fuerza. Le gustaba acariciar a los niños, ver los partidos del Real Madrid y asar sardinas a la lumbre. Mientras esperaba a que el pipero y el travesti acabaran de hablar de Cristal miró al cielo por si divisaba alguna nube de formas caprichosas. Fue el único que supo que iba a morir.

 

Mariano Pinto Barrera. Cuarenta y seis años. Natural de Valladolid. De profesión mecánico. Casado con Carmen Fernández Álvarez y padre de dos hijos de veinte y doce años de edad.

Anuncios

6 comentarios

Archivado bajo Cultura, Poesía, relatos y otras hierbas