Ya se ha convertido en una clásica costumbre lo de confeccionar listas con “los mejores” de cualquier manifestación artística de una época fija. Por supuesto los discos entran dentro de esa categoría, sea de una determinada década o estilo. Yo también he caído alguna vez en ese divertimento y suele ser entretenido rellenar una relación más o menos larga de nuestros gustos particulares a lo largo de la historia de la música. La cosa se complica cuando se trata de elegir sólo unos pocos o, directamente, el pódium de los tres mejores. Yo no voy a llegar a tanto pero sí me gustaría comentar uno de los discos que desde siempre me entusiasmaron y, lo que es más importante, ha resistido la prueba del algodón que para mí consiste en la frecuencia con que lo escucho. Y esta prueba de fuego la sigue pasando con nota sobresaliente el “Astral Weeks” de Van Morrison.
Para poner algunos datos en su contexto, hay que recordar que Van Morrison nació en Belfast en 1945 y su precocidad musical le llevó a tener su primer grupo propio a los 15 años para a continuación formar Them, con los que consiguió éxitos tan memorables como “Gloria” o “Baby Please Don’t Go”. En esos años, Morrison ya estaba influenciado por una variedad de estilos que iban a marcar toda su carrera, desde el Rock básico hasta el Rhythm & Blues siempre con toques Folk o Soul. Su característica y siempre reconocible voz destacaba en todos los temas, aunque en esa primera etapa la irresistible influencia de Mick Jagger hacía que a veces pareciera el mismísimo líder de los Rolling Stones el que cantaba. No duró mucho la vida musical del grupo Them porque su líder necesitaba volar por su cuenta y en 1967 iniciaba su carrera en solitario. De esa época data su gran éxito “Brown Eyed Girl” aunque se incluyó en un álbum que pasó sin pena ni gloria. En realidad su obra en solitario comienza cuando se libera de trabas contractuales que no le gustaban, ficha con Warner Bros. Records y se marca como fantástico debut el citado “Astral Weeks”. Antes de comentar un poco más a fondo este disco es necesario constatar que desde entonces la trayectoria musical del norirlandés ha continuado sin descanso hasta nuestros días con una productividad y calidad en sus grabaciones que muy pocos artistas han sido capaces de igualar. Como es lógico en tan dilatada carrera, no todos sus discos han merecido las mayores distinciones entre los críticos y público en general pero hay una opinión mayoritaria (y yo me incluyo también) en que sus mejores obras se centran en la serie casi ininterrumpida de discos que siguieron al “Astral Weeks”: “Moondance”, “His Band And The Street Choir”, “Tupelo Honey”, “Saint Dominic’s Preview”, “Veedon Fleece”, “Into The Music”.
Pero volvamos al objeto principal del comentario: Van Morrison no quería seguir por la senda exclusivamente pop de sus últimas grabaciones y ante sus nuevos mánagers pidió “un ambiente de jazz” para su nuevo trabajo. Los jefes reclutan entonces a algunos de los mejores instrumentistas de la escena Jazz de Nueva York y “Astral Weeks” se graba en dos intensas sesiones en el otoño de 1968 con Van Morrison cantando y tocando la guitarra acústica, acompañado de Jay Berliner a la guitarra, Richard Davis al contrabajo, Connie Kay a la batería, John Payne a la flauta y al saxo y Warren Smith a la percusión y el vibráfono. Está claro que los músicos no conocían a Morrison pero es que éste no quiso interaccionar demasiado con ellos ni ensayar los temas como una grabación al uso y se limitó a mostrarles los acordes un poco antes de la grabación pidiéndoles que improvisaran sobre esas bases. Posteriormente se añadieron los arreglos de cuerda y el toque final lo puso el productor Lewis Merinstein, un veterano profesional de los ambientes jazzísticos que había trabajado, entre otros, con Thelonius Monk. Lo cierto es que a pesar de lo atípico de la grabación, el acoplamiento instrumental y vocal resultó perfecto y el resultado final rezuma ese sonido peculiar que llena todo el álbum y que lo convierte en algo único y rompedor con todo tipo de música que se había experimentado hasta entonces. Una característica esencial de este disco es que carece de singles editados y que, inicialmente, no dejó excesiva huella en los grandes éxitos de Van Morrison. Aun más, en sus ocho canciones no hay prácticamente ningún estribillo fácil de tararear o recordar. La razón es que lo que predomina es un ambiente instrumental envolvente y denso, siempre liderado por el potente contrabajo de Richard Davis, creándose una cadencia de ritmo medio donde se cuela esa voz poderosa, desgarradora, llena de sentimiento y capaz de subir los tonos más trágicos y convertirlos en aullidos hasta bajar el diapasón y transformarlo en sensuales susurros. Además, su peculiar vocalización, machacando las palabras, jugando con ellas, repitiéndolas o recortándolas como si fuera un mantra, descomponiendo el lenguaje y variando a capricho su entonación le dan al conjunto un auténtico vuelo de poesía mística que le diferencia de todo lo que se hubiera grabado con anterioridad. Por todo ello no es de extrañar que este gran disco se deba escuchar como una obra conceptual, de un tirón, hipnótica y sin altibajos entre canciones brillantes y rellenos descarados. De manera que cuando Van Morrison entona “Si me aventurara en el torbellino entre los viaductos de tu sueño…” de la canción inicial que da título al disco, uno se queda atrapado poco a poco en los 7 minutos que marcan la tónica de lo que van a ser los 46 minutos de todo el trabajo. Así, sin pausas para recuperarse de este comienzo siguen otras piezas densas, elaboradas, a ratos falsamente repetitivas y siempre con esos zarpazos, casi gritos, de la voz del león de Belfast. Por los motivos antes explicados, es difícil decantarse por alguna canción concreta y mi admiración siempre será por la obra completa que se debe escuchar de principio a fin, “sin anestesia” y con una predisposición especial para saborear esas 8 canciones. Con esto quiero decir que este disco no será nunca para escucharlo como música de fondo, mientras uno hace cualquier otra actividad que requiera concentración. Hay que ponerse el vinilo, o CD, y disfrutarlo tranquilamente. Al menos, este es mi consejo para los que les gusta Van Morrison pero no han tenido la oportunidad de escuchar entero “Astral Weeks”. Aun así, es fácil adivinar que la primera audición raramente entusiasmará pero esa apreciación dejará paso a un “enganche” creciente cada vez que se vuelva a poner íntegro el disco y se descubra algún elemento diferente o un nuevo giro vocal.
Resulta asombroso pensar que Van Morrison fuera capaz de dar forma a esta obra maestra de la música con tan solo 23 años y que su calidad y trascendencia haya pervivido intacta 44 años después. De alguna manera esta sensación la ha debido compartir el autor porque es curioso que en sus actuaciones en directo apenas haya tocado alguna canción de este disco pero accedió a interpretar el “Astral Weeks” en su totalidad en dos conciertos celebrados en el Hollywood Bowl de Los Ángeles en noviembre de 2008. Exactamente 40 años después de su grabación original.


