10 de abril de 2009

cuatro
ambigú en el entresuelo

Hecho ya todo un hombre, aun sin haber llegado a vivir la experiencia embriagadora de la batalla, Ramiro Suárez de Montealegre fue desmovilizado con la misma rapidez con que había entrado en filas y por los mismos motivos. El borrón de tinta indeleble que había echado en su expediente la interrumpida aventura con la hija del teniente coronel de intendencia, general nada más terminar la contienda, hizo imposible su permanencia en el ejército, posibilidad que hubiera agradado a Ramiro, ahora que la paz le había quitado hierro a la milicia. Enfrentado pues a la inevitabilidad de su licencia, y llevando siempre en la espalda la inquisitorial mirada del padre de Purita, que ni renunciaba ni accedía al casorio, pues aún no consideraba saldada la cuenta de honor que le había impuesto al galán, hubo de pensar el mozo con seriedad en su sustento y la forma de ganarlo.
Sin oficio ni beneficio, amoral y libertino público en un país en el que la virtud era ley y el disimulo costumbre, se las vio y deseó Ramiro para encontrar trabajo. Zascandileó de acá para allá durante unos meses embarcado en negocios poco claros, chalaneó después con asuntos de tierras y antigüedades, escribió algún tiempo de crímenes y nacimientos en un periódico de Palencia, y, al fin, gracias a los buenos oficios de un camarada que, quizá por haber compartido con él pecados y francachelas, no atendió la consigna de postergamiento lanzada por el airado general, pudo al fin lograr empleo en el recién creado servicio de lectura de la censura española.
Se sintió frustrado aunque tranquilo. De torrencial conjurador del arte de la palabra había pasado a inconmovible supresor del peligro de las frases. Parecía un triste destino, y ciertamente lo hubiera sido de no haberle estado aguardando a Ramiro días aún más aciagos en el futuro. Pero en aquel momento el cargo fue para él como una bendición del cielo, pues aunque el sueldo era magro, el trabajo no resultaba agobiante, y Ramiro había hecho de la pereza santo y seña de su vida.
Era aquel de censor oficio respetable aunque oscuro. El parco sueldo con que le premiaban tachaduras y supresiones le proporcionaba los duros suficientes para vivir con apretado decoro y permitirse una cierta prestancia en el vestir y el aseo personal, cosas ambas de las que gustaba nuestro hombre. Con un poco de suerte, pensaba, pronto llegaría el momento en que don Eutiquio, viéndole trabajar dignamente, consideraría redimido el desliz, y le permitiría contraer nupcias con la rotunda Purita, a la que apenas veía fuera de las lejanas miradas de los domingos en la iglesia de los Jerónimos durante la misa de ocho, pero con la que intercambiaba ardorosas epístolas amatorias utilizando como alcahueta a una criadita andaluza recién llegada a la casa.
Entre dimes y diretes, funciones religiosas en los Jerónimos, e idas y venidas de mucama, pasaron dos años de reprimido noviazgo. Ramiro desesperaba de su suerte entre tachón de línea y supresión de párrafo. Don Eutiquio, tozudo como una mula con orejeras y justiciero como la reencarnación del arcángel San Gabriel, persistía ante el desesperado pretendiente en la necesidad de ganarse el perdón con un acto de naturaleza tal que le hiciera digno marido de su hija. Empezando el verano del 41, mientras Purita pasaba la temporada estival en Zarauz con la rama femenina de la familia, surgió al fin la oportunidad de blanquear el manchado honor del militar.
Nunca en su vida olvidaría Ramiro la expresión adusta y las tajantes palabras con que le recibió el general de intendencia don Eutiquio Redondo Sánchez cuando, enfundado en una camisa azul recién planchada, fue a visitarle un templado día de junio con el objeto inocente de conseguir su autorización para visitar a Purita durante los días que, él también, pensaba pasar veraneando en el norte.
–Caballero –le dijo el general sin levantarse del sillón de orejas donde ojeaba las fotos de valerosos soldados alemanes que publicaba el último número de la revista Signo–, es usted hombre inteligente, no me cabe duda, y algo ha de querer a mi hija cuanto tantas molestias se toma para conseguirla, máxime sabiendo que yo no accederé así como así a tan desproporcionada pretensión. Al menos hasta que demuestre usted ser digno de tal gracia y lave con largura la afrenta que su ignominiosa acción, ofensiva a Dios y a la moral, causó a mi familia toda y a mi querida hija en particular. No quiso el Altísimo que en aquel momento mi pistola hiciera justicia. Sus razones debió tener el Señor para impedirme hacer uso de ella, pero también fue su designio que usted pagara por su infame proceder. Todavía no lo ha hecho, pero es probable que haya llegado al fin el momento de lavar su afrenta.
El general realizó en este momento una breve pausa valorativa que a Ramiro le pareció un siglo de incertidumbre. Se rascó el pretendiente la oreja y se atusó el bigote, a la espera de que el militar siguiera su perorata.
–Señor mío, de nuevo la barbarie roja azota con su flagelo demoníaco la civilización cristiana. Ahora es en Alemania como antes lo fue en España, y hoy como ayer, los buenos españoles han de estar dispuestos a defenderse con las armas en la mano de la furia asesina que pretende aniquilarnos. El Generalísimo ha tenido la feliz idea, preclara y acertada, como todas las suyas, de enviar en ayuda de los hermanos teutones voluntarios españoles que defiendan frente a los rusos el honor y el valor de la patria. No le digo más, Ramiro. Espero de su sabio entender que me haya comprendido y que la próxima vez que le vea pueda llamarle hijo y entregarle la mano de Pura, mi hija más querida, para que la haga su esposa. Y esto porque ella, inocente como es, le quiere, amor al que espero que usted corresponda, que si así no fuera, todavía tengo la pistola bien engrasada en el cajón de la cómoda por si acaso la defrauda alguna vez. Adiós, caballero, y buenas tardes.
Ni una palabra de más ni una de menos. Ni un gesto ni un saludo, sólo la envenenada sugerencia.
“Qué le den morcilla al carcamal ese y que zurzan a la cursi de su hija. Si quiere casarla que lo haga con un ciego, que sólo se dará cuenta del volumen del regalo después de la boda, pero a mí no me ven más el pelo. Antes la miseria y la soltería que la guerra. ¡Faltaría más!“, cavilaba para si Ramiro mientras paseaba Castellana abajo tras la visita. “Claro, que si me escaqueo, ese animal es capaz de partirme el alma. El o su hijo, que bien me lo dijo el niñato la última vez que intenté acercarme a Purita en el hipódromo“, continuaba su razonamiento el pobre infeliz Ríos Rosas arriba, cercano ya a la pensión de Bravo Murillo donde vivía.
Sintiéndose acosado, y más temeroso al fin de las iras del general que de las balas comunistas, lo siguiente que se sabe de Ramiro es que se le vio desfilar marcial al aire del Oriamendi. Un mar de camisas azules le rodeaba. Queda testimonio de aquel momento en una foto que se público en el semanario 7 Fechas. Destaca en ella el aguerrido militar en medio de la multitud por su estatura poco normal y su voluminoso abdomen, y también porque lleva en la mano izquierda una pancarta en la que se puede leer si se utiliza una lupa: “Voluntarios Falangistas contra Rusia“.
Poco podemos contar de su particular expedición punitiva a tierras de infieles. De hacer caso a lo que el mismo Ramiro contaba a su vuelta, fue aquel un viaje infernal en el que sólo su elevado espíritu patriótico y su acendrado entusiasmo salvaron a la tropa de la desesperación y la muerte.
Apenas transcurridos tres meses de la partida estaba ya de regreso el voluntarioso combatiente, con tan sólo una perceptible cojera como recuerdo. Cojera que él achacaba a una peligrosa mina antitanque que le había explotado en el momento en que, jugándose la vida al frente de su compañía, avanzaba por las heladas estepas con Moscú como próxima parada. Otras versiones menos interesadas, de las que sólo han llegado a este cronista rumores y comadreos, cuentan que la cojera fue simple consecuencia de un mal paso, dado al intentar subir en Berlín al tren que le conducía al frente oriental, tras una noche especialmente disipada compartida con su antiguo amigo de los servicios secretos, Eric Von Austelbrok, ya por aquellas fechas mayor de las SS.
Aparte de eso, poca noticia puede darse de la odisea alemana de Ramiro Suárez de Montealegre excepto dos detalles: que la inmovilidad forzada de aquellos tres meses de hospital, fuese cual fuese el origen primero de la caída, redondeó hasta extremos poco habituales el ya de por sí robusto cuerpo de nuestro hombre, y que allí apareció por primera vez en su vida el nombre de Ana de España.
El olor a alcohol, linimentos, pomadas y desinfectantes le atacaba la fosas nasales y la maternal y gélida amabilidad de las frauleins enfermeras le partían el alma de aburrimiento. En esas condiciones, cualquier variación en la dieta le hubiera levantado el alma, y exactamente eso sucedió con la llegada al hospital de una carta a su nombre. Estaba firmada por Ana de España, un seudónimo, sin duda. Desde la lejana Patria la desconocida comunicante se ofrecía como bálsamo para sus heridas y paño de lágrimas para sus penas.
Madrina de guerra, confesora, confidente, amiga y cuanto hizo falta fue Ana de España para el alicaído Ramiro durante aquellos largos meses de recuperación en el sanatorio berlinés. Amantes no, que las relaciones epistolares son poco dadas a la realización de los deseos lúbricos, aunque no faltaran en la correspondencia de la pareja insinuaciones y requiebros, tan explícitos en ocasiones que nos ruborizaría conocerlos.
Ramiro sabía que aquel amor era flor de un día, desahogos de tiempo de guerra en los que el propio anonimato de la mujer, bien guardado por su patriótico seudónimo y el apartado de correos 203 de Sevilla, eran la prueba más evidente de la imposibilidad de su continuidad. Pero no por ello dejó de calarle menos hondo.
Ana de España, o al menos cuanto de ella se imaginaba Ramiro, era síntesis y conjunción de las más precisas virtudes que el eterno libertino admiraba en la mujer que le hubiera gustado disfrutar como esposa: maternal y coqueta, decente y pasional, calculadora y frívola. Señora y prostituta en fin, ambas en una. La correspondencia despertó en el hombre una sensación de presencia casi palpable de aquella mujer desconocida, tan lejana en la geografía como próxima en el entendimiento mutuo. Con ella de acompañante soportó las interminables curas de los médicos, que con paciencia infinita intentaban recolocarle los maltrechos huesos del pie, y a su lado dejó que el mortecino sol teutón le acariciará los párpados durante las largas siestas en el jardín del sanatorio. Ella fue el aliento que le mantuvo vivo en medio del terrible aburrimiento de la convalecencia.

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Al menos era limpio, el hombre…