9 de abril de 2009

tres
interludio musical: el fauno y la novicia

Una noche de principios de enero de 1939, en el transcurso de una rogativa en la catedral por la buena finalización de la contienda y el exterminio de los enemigos, el Alférez Provisional Ramiro Suárez de Montealegre, a la sazón hombre talludo con merecida fama de incombustible charlista y mujeriego impenitente, conoció a la señorita Purificación Redondo y Valdeiglesias, Purita para las amigas y la familia, que no era otra sino la muy respetada hija de don Eutiquio Redondo Sánchez, teniente coronel de intendencia, hombre de recto e inflexible proceder y cristiano viejo de bigotes casi tan frondosos y engominados como los del propio Ramiro.
Era la tal joven de abundantes carnes y reconcentradas vergüenzas, tímida y asustadiza como una novicia, pura como su nombre e inmaculada con el más blanco de los lienzos blancos de cualquier altar. Pero bajo esa aparente calma reposaba un volcán de pasiones que la presencia de Ramiro, su fama y su verborrea, desataron en tan sólo unos minutos de conversación en el atrio de la Catedral.
Fue el de Purita un enamoramiento súbito y desesperado. Súbito por lo repentino, que ella siempre achacó a la intervención de la Virgen, a la que en el momento de verle por primera vez rezaba en el templo, y desesperado por el miedo que la joven, rondando ya la treintena y soltera recalcitrante y reconocida, sentía ante la previsible inevitabilidad de un futuro en soledad perpetua.
Aunque no tan profundo y sí más interesado, el amor de Ramiro era igualmente cálido. Respondía este amor tanto al aburrimiento del entorno –roto tan sólo por las esporádicas visitas que a lejanas y ocultas casas de lenocinio efectuaba con su compañero de intrigas y francachelas, el capitán Eric Von Austelbrok, agregado del alto mando alemán a los servicios de información de Burgos–, como al temor a que la inminente vuelta de los heroicos combatientes, cargados de medallas, heridas y honores, supusiera una competencia desleal que le impidiera acabar con éxito su particular cruzada: hacer boda ventajosa con hija de buena familia y conseguir así la seguridad y fortuna que su escaso patrimonio le negaba.
Los primeros encuentros de los recién enamorados fueron castos y románticos escarceos que discurrieron placidamente bajo los soportales de la Plaza Mayor y los aledaños catedralicios, en los que, ante el arrobo de Purita, el galán leía a su enamorada versos de Pemán, Ridruejo y Becquer. Pero no hicieron falta muchos encuentros para que la pasión de la muchacha, escondida pero no por ello menos viva, unida a la inveterada concupiscencia de Ramiro, acrecentara la intimidad de la pareja hasta el punto de hacerles perder todo sentido del pudor y la moral. Una relación que abocó a lo irremediable el día que el impúdico vate remedó a Espronceda declamando a su ruborizada musa aquello de “me gustan las queridas / tiradas en los lechos / sin chales en los pechos / y flojo el cinturón”.
Nada hubiera sucedido, no obstante, si, justo en la primera cita secreta de los enamorados, tras la consumación del ejercicio literario, no hubiera irrumpido el irascible teniente coronel en la mísera habitación de Abundia, la criada, que prestándoles su catre se había hecho cómplice del contubernio –y ello la llevó a la calle de inmediato–, en el preciso momento en que Ramiro se disponía a ofrendar a la dolorida Purita con la primera muestra tangible de su masculinidad.
Sorprendiose el alférez, pillado literalmente con los pantalones en los tobillos, y escondió la niña su voluminoso cuerpo bajo las sábanas del desvencijado camastro, gesto que apenas sirvió para tapar un tercio de su monumental anatomía, dejando al descubierto una pierna torneada en gelatina y un pecho como un globo bamboleante de enorme pezón negro.
El teniente coronel, aún más indignado por la exhibición de las desnudeces de su hija que por las rotundas nalgas del mancebo, clamó al cielo, que no le oyó, desenfundó la pistola, que aunque del cuerpo de intendencia también llevaba, tal vez para contar las judías que distribuía entre la tropa, y no acabó allí mismo con la existencia de Ramiro Suárez de Montealegre y, por consiguiente, con esta historia, gracias a que la presencia de doña Águeda, madre de Purita y esposa del ofendido militar, hizo prevalecer la razón en tan esperpéntica escena.
Calmados los ánimos, aunque no aplacada la severidad de don Eutiquio, hubo reunión de familia. Se abrieron entonces para Ramiro dos caminos complementarios que le producían sentimientos encontrados. Por un lado, la boda, que no era al fin y al cabo sino la culminación de sus aspiraciones y que le llenaba de satisfacción; pero por otro, le enfriaba el ardor amoroso la expresa condición que había impuesto el padre para el casorio: que antes del himeneo, debería el novio limpiar en el campo de batalla la mancha de honor que sobre la familia había echado con su felonía prenupcial.
Según dictamino en juicio sumarísimo el teniente coronel, el amor y el honor debían reconciliarse en el frente de batalla ya que la retaguardia los había divorciado. Y al frente se encaminó Ramiro con una secreta mancha negra en su hasta entonces brillante, aunque poco belicoso, expediente.
Pero tuvo suerte el maldito una vez más. Fue al poco de bajar del tren que le conducía a la batalla, mientras tomaba una taza de achicoria en la garita del jefe de estación, cuando escuchó por la radio el histórico parte que a él le cayó como llovido del cielo:
“CUARTEL GENERAL DEL GENERALÍSIMO. ESTADO MAYOR. Parte Oficial de Guerra correspondiente al día de hoy. En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Burgos, 1º de abril de 1939. Año de la Victoria. EL GENERALÍSIMO FRANCO”

CAPÍTULOS ANTERIORES:
…Y la carne se hizo verbo 1 (folletín por entregas de Antonio Gómez)
…Y la carne se hizo verbo 2 (folletín por entregas de Antonio Gómez)

Celine meets Valle-Inclan y me he quedado sin tildes.
Yo llevo sin tildes desde que llegue a Paris y uso este Mac tan mac (comprado en USA).
Adrian, un consejo de un gabacho-africano con Mac: le das a la tecla “alt” y luego a la “n”, y te sale un tilde.
Buenísimo este folletín por entregas. Ágil narración y fino sentido del humor. Mi enhorabuena a Antonio Gómez, no abunda gente que escriba tan bien en estos días de miles de blogs y páginas de internet.